Anoche no me fui a dormir muy bien. Estaba triste por unas cuantas cosas, así que no me sorprendió despertarme igualmente triste. Hoy ha sido un día más desperdiciado. Como casi todos los días, haga o no haga algo. Porque nada es lo que yo quiero, ni las acciones, ni la ausencia de ellas, ni siquiera el reposo de ellas, o los deseos. Desear es humano, no podemos ser sólo individuos pensantes, individuos atareados en tonterías, como en una cadena de producción. No quiero ser sólo una pieza. Y me da igual si es una pieza importante o una pieza estúpida de repuesto. Quizá prefiero no servir de nada para nadie, pero ser libre para escuchar mis deseos.
Comprendo muy bien lo ajeno a los demás que son estas cosas, lo ajeno a toda circunstancia y todo juicio que yo antes extrajera de las cosas que salían mal. Nada en concreto que yo haga ni nadie implicado tiene la culpa. La vida tiene ese sabor amargo, ese sabor incompleto. Al menos la mía. A veces me agobio y me asusto muchísimo pensando que al final todo va a ser igual. Que me despertaré cada día igual, en el mismo sitio y con los mismos sueños en la basura, como si no hubiera vivido. La generación de los sueños rotos es como nos llamamos. Sueños perdidos, sueños absurdos, sueños creídos, vivenciados, exprimidos, pintados, coloreados, plasmados.
La generación de los niños que nunca convertirán su juguete en un coche real. Ni su casita de muñecas en un hogar. La generación de niños rotos. Extrañados, decepcionados y tristes. La generación de los niños que mueren sin sueños, que vienen a un mundo roto y dejan más roto el mundo. Los niños que no pintan nada aquí. Niños que no debieron nacer.
No veo la hora de ir a dormir.
No hay comentarios :
Publicar un comentario