lunes, 22 de enero de 2018

Nuestro hogar deshabitado

La noche no necesita testigos para suceder. Sucede incluso aunque la durmamos desde que atardece hasta la luz del día. Sucede aunque nadie dé vueltas a un café nocturno, en el silencio de su análisis del mundo, los aferrados minutos de un trabajo sin acabar cuyas horas silenciosas parecen paralizar el tiempo, el melancólico pensar de un amante que observa la luna desde la ventana, los suspiros de una adolescente sentada frente al ordenador, o la última caricia en una cama de sábanas revueltas.

El amor sucede sin testigos, sin palabras. Ni siquiera necesita de conciencia. El amor sucede, golpea las ventanas, sufre de frío y de humedad, navega con las olas infinitas de un océano, transcurre por los resquicios de los sótanos, y también tiembla con la tierra y a otros hace temblar, silencioso. Desencontrados en esa casa vacía, los recuerdos fluyen en un lugar en el que no hay testigos, y los momentos acaban, y siguen sucediendo. Mi amor no necesita testigos, ni ser pensado. Simplemente existe, aunque no estemos. En todas las épocas. Todos los momentos de mi vida que siguen aconteciendo, en un continuo suceder de noches que yo duermo pero otro yo está inmerso en otro mundo. Un hogar nuestro.

No hay comentarios :