domingo, 25 de octubre de 2015

El Hombre no es una isla

«Un sueño hay en mi corazón...
Que estás junto a mí, que junto a ti estoy.
Le pido a la Tierra, al Cielo y al Mar
que manden a alguien para amar...»


A cuántas personas voy a tener que echar de menos. Cuántas veces más voy a sorprenderme a mí misma diciendo "tengo ganas de verle", como si fuera alguien visitable, como si de algún modo siguiera ahí. No. Como si fuera visitable. En algún lugar de la Tierra, accesible, posible, haciendo su Vida, siendo común y haciendo cosas comunes. Me muero si no puedo abrazarla.
Es tan terrible creer que todo está controlado para que vayan viéndose los matices días disociados unos de otros, con desagradable sorpresa encontrarlos. Encontrar que estoy en este mundo sin ella, sin él, sin ellos.

Anoche me dio miedo la muerte, por primera vez. Me he dado cuenta de que tengo el mismo miedo a vivir que de volver a perder a alguien. Tengo miedo de hacerme vieja, de sentir dolor, emocional y físico. De ver mi vida pasar, de ver acabar mi juventud y tener que aceptarlo. De ver morir a más personas y tener que aceptarlo. De notar cómo me voy muriendo, y tener que aceptarlo. De verme sola, de desvanecerme sola, de ir hacia donde sea que vaya, sola. Me da tanto miedo que me siento "metida en un jaleo" al estar con vida. Como el miedo al parto cuando el embarazo está muy avanzado, miedo a tener mascotas por el sufrimiento que provoca verlas sufriendo, miedo de todo lo que implica estar viva.
Y si la vida fuera eterna, también es todo tan desolador. La tristeza, la soledad en sí misma. Siento que no puedo hablar de todo con nadie. A veces me siento muy bien, y otras es como si un vacío se apoderase de mi interior. Desasosiego. Como si no comprendiera el idioma, como si el punto de vista lo fuera todo. Y me pregunto si siendo así, todos lo sentirán igual.

Mi abuela rezando, en voz alta siempre para no oír sus pensamientos. No se permite estar desvelada pensando, y por eso reza hasta quedarse dormida. Se cuestiona por qué está con nosotros tanto tiempo, y luego cambia, y sonríe, y guarda. Siempre guarda. Me pregunto por qué las personas guardarán todo el dolor dentro hasta morirse si así sólo hacen sentir más solo al ser humano. No es que yo desee sentir dolor... pero tampoco lo rechazo. No puedo guardarlo todo dentro siempre y por eso necesito estar sola. Porque, con otros, no puedo mostrar dolor. Y cuando encuentro alguien con quien sí puedo, a menudo se enfada conmigo por hacerlo porque cree que soy una persona negativa o que se recrea en el dolor. ¿Y debemos recrearnos en la apatía? ¿En el fingimiento? Claro que quiero ser feliz, pero no todos son días buenos. Hay cosas muy dolorosas... y muchas que no entiendo. Y otras que entiendo y quisiera no entender. Siempre fingir, siempre tragar saliva y esperar a poder estar sola para no volverme loca con el fuego que me consume por dentro. A veces me cuesta tanto elegir... lo que es correcto.

Sólo espero poder seguir haciéndolo.

viernes, 23 de octubre de 2015

Un hogar en París

Pocas veces me he podido sentir tan en casa estando tan lejos de ella. Las razones son claras; la compañía, el aislamiento, tener todas las necesidades cubiertas, lo bonito que es todo, lo segura que me siento...
París me ha abrazado con su magia, sus calles, sus personas abrigadas, bien vestidas, su aire cargado de inspiración, de filosofía y de grandes mentes, grandes pasos, grandes lugares. No es difícil pensar que en una ciudad así nazcan las ideas y las ganas de emprender proyectos.

Me he sentido nueva y diferente, pero también como antes. Regresar a mi infancia ha sido fantástico, aun más, no podía salir de ella. Me descubrí hablando, fantaseando, sintiéndome como una princesa, pequeña, muy pequeña y con una burbuja indestructible que no dejó jamás de rodearme.

En este viaje me he hecho algunas promesas, y también he pedido ayuda. He visitado a quienes pueden guiarme, y también me he prometido volver a conectar. Quiero seguir adelante, hacerlo bien. Quiero dar todo de mí y descubrir así si es esto, esto que he elegido, lo que verdaderamente debo hacer. Ahora en ello no tengo a nadie, nadie con quien contrastar mis ideas, nadie en quien refugiar las inquietudes de este mundo tan amplio, pero habrá otras personas, otras mentes, fugaces. Me tengo a mí misma, y también le tengo a él. Cuando no encuentre respuestas podré volver a París, y descansar.



martes, 13 de octubre de 2015

Trece, el martes

Nunca me he considerado a mí misma una persona supersticiosa. No al menos en el modo en que una persona normal, e incluso sensata, lo haría. Todos tenemos nuestras manías y costumbres, nuestras excentricidades mentales. Aunque la mayor excentricidad que hay en mí es no saber nunca lo que voy a pensar al minuto siguiente.

Hoy me siento dolorida, de cuerpo y de mente. No puedo dormir porque estoy cansada, y además triste, extraña. Bueno, no sé si triste es el término, realmente nunca lo es. Pero hoy es aún menos. No me siento infeliz, ni nada parecido, pero noto... cuando me acerco al pensamiento, una escalofriante soledad. Soledad de pensamiento, de inquietud, de seguridad, o inseguridad. Me siento al borde de los sueños ridículos, esos que no puedes contar. Pero que te dejan confuso y en un mundo extraño, como si hubiera sido una pesadilla. ¡Ah! La locura enfermiza del subconsciente. Cuando aflora en la consciencia, en cualquier momento del día y sin ser prevista, realmente resulta aterradora. Me afano en huir de esos momentos, no porque piense que me aleje. Más bien pienso que esos momentos ridículos me acercan más a este mundo estremecedor y loco, y yo no quiero formar parte de eso.

¿Acaso no es bastante con verme a mí misma aceptando socialmente las mordaces ironías de la inexistente moralidad que nos rodea? ¿Las carencias de lazos afectivos realmente satisfactorios, los denuedos con los que se ejecuta el ejercicio de la compasión y la comprensión?
Mi mente nada en cosas perversas, en la lejanía del honor, de la justicia y de la integridad me siento como una desconocida. Pero eso es sólo por no verme envuelta también en trajes de hipocresía cotidiana. ¿He de aceptar que he caído entonces en la locura por permitir que me miren con ira los que piensan lo mismo, o incluso peor que yo? La única diferencia es que... ya no me importa. Decir lo que pienso está dejando de ser una necesidad para mí, y pronto seré otra completamente para otros. Y pronto, de no ver ningún ejemplo de lealtad o algo parecido al honor, éstos serán conceptos ocultados, enmohecidos, enmudecidos en la conciencia de aquel que no debe saber, y sin embargo, sufre por no haber sabido.

Mi mente encontrará su propia amiga, y yo aprenderé a tener la boca cerrada más tiempo.

jueves, 1 de octubre de 2015

Hojas en el aire

Un fantástico Octubre hizo su aparición por fin. El alfa de todo, el fundador de mi ahora nueva vida y el símbolo de la paciencia, de los caminos, de los viajes y su significado. Hojas que, para mí, se traducen en mucho más, aunque muchos no lo entiendan. Aunque crezco nunca me olvido de mi infancia, ni de quién soy, ni de las cosas en las que creo. Aunque cambio, aprendo, soy ecléctica, jamás doy de lado a la esencia, pues también creo en ella. Necesito las hojas para volver, pero sobre todo para seguir.

El aburrimiento y un poco de desesperación me han asaltado estos días, ha sido verdaderamente incómodo pero no tan difícil como antes luchar contra ello. Me he notado más disciplinada, más fuerte, como el ser estoico. Los he ignorado y he seguido con mis cosas; escribiendo, practicando hiragana en las tardes y noches, estudiando, pensando. Todos los días, aunque no haya nada que hacer, siempre tengo algo que hacer. Así es como he logrado que llegasen las cosas que deseo, y de otras muchas formas. Nunca me había visto tan determinada, tan segura de todo, es como en uno de esos sueños en los que algo va fenomenal y tienes una energía ultra positiva de la suerte que estás teniendo y que luego, cuando te despiertas, echas de menos con una rabia ensordecedora. Al menos en el sentido o estado mental del concepto estoy despierta, o lo estoy en esta realidad en la que me encuentro ahora. Y sé de la imperfección de los momentos porque ahora los veo, no pasan desapercibidos o ando ciega entre ellos; soy capaz de ver y darme cuenta de lo que es menos agradable, pero lo contemplo de otra forma. Quizá la clave para todo esto es tener una aspiración mayor, mayor que nunca. Quizá es sólo una actitud y por eso no puedo explicarlo, no puedo comunicarlo.

Aun así, me da igual que no entiendan nada de esto, porque ahora yo misma ando en proceso de comprender cuál ha sido el motivo para sentir así, y tener lo que ahora sí tengo y que antes de algún modo repelía. Me gustaría ser más precisa, pero todo lo que quiero ahora es descansar de lo malo y disfrutar de todo lo bueno. Y de la lluvia, y de que se levante en no mucho el frío, y de surcar los aires, y de la creatividad y de las hojas.