Navegando aferrada al mástil. Abrazada a mi barco, atravesando océanos de tiempo, hasta fuera de este mundo, inclinada a lo profundo, al pensar y al cielo. La intensidad de la estela, marcando lo que vamos dejando atrás en tanto que con fuerza vamos hacia adelante. Y tú, el mar que me abraza, que me cuida y que me lleva, me cuentas historias por las noches. Me fabricas sueños para que duerma tranquila, haces de mí una surcamundos, impaciente por saber hacia dónde voy a soñar hoy. Y mi alma, sintiendo el viento agitarse, se aferra al velero más alto, otea un horizonte infinito, escucha las olas celebrando mi despertar. Y a mí el cielo me sonríe, porque ahí estás tú. He resucitado de entre las aguas. Y el infinito es mucho más posible ahora que habita en mí.
Tus manos construyen barcos, para que sueñe y juegue, y encuentre mi lugar. Tú haces que crea que puedo, que sé, que tengo. Tú invitas a las pesadillas a marcharse y no volver jamás. Detienes el tiempo con tus dedos, y yo...
La espuma de mil colores que sueñan, el tiempo calentado al sol. Veo destellos y formas, quiero nadar contigo junto a ellas. El viento cuida de mí, y tú...
Mi espíritu no se presta a la nostalgia, porque es más fuerte aquello a lo que va que aquello que deja atrás. Y yo. Yo sueño. Siento. Hojas. Navego. Tierra. Escucho. El agua.
Suspendo cualquier otro plan, que no sea navegar con el viento.
lunes, 29 de enero de 2018
miércoles, 24 de enero de 2018
Diario 5: con las ganas
Hoy es el primer día que me doy cuenta de algunas cosas que me entristecen, egoístamente...
Esta tarde estuve pensando en ello. En cómo tendemos hacia sentimientos egoístas, incluso en situaciones en las que estamos siendo sinceramente modestos con nosotros mismos. Quizá no es simple egoísmo sino un reflejo de nuestro deseo de ser queridos, o de encontrar algo bueno en nosotros, un por qué merecemos estar en este mundo si no somos nada especial. Supongo que nadie lo es.
Esa idea también me pone triste, pensar que muchas de las cosas que vemos o sentimos son construcciones nuestras, deseos caprichosos de ese momento. Uno puede tener una misma identidad toda su vida, pero hay cosas que siempre se mueven, siempre están en constante cambio dentro de nosotros.
Estuve andando algunas horas con tranquilidad en mi cabeza, desconectada de hablar con otras personas o mirar nada del teléfono. La temperatura era agradable, tanto que me sobraba ir abrigada a esa hora. Pensé que aprovecharía esa hora para salir a correr y pasear algunos días de la semana.
Después entré brevemente en una tienda, me molestó un poco parecer una molestia para dos empleadas, y que no fueran educadas. Luego volví a casa un poco cansada, pero me sentó bien pasear, había perdido un poco la noción del tiempo. Cuando miré el móvil tenía varios mensajes y notificaciones, y vuelvo a tener ganas de no tener móvil, de no usar eso para comunicarme, de desatarme de ahí.
Soñar es fácil. Pero crearse un mundo bonito donde vivir requiere esfuerzos. Y la energía sólo se crea teniendo energía, forzando el alma cansada de seguir andando, a que corra, a que vuele. Eso termina por activarnos, por despertar nuestras ganas y la conciencia de que todo irá bien si lo intentamos. Pasamos nuestras vidas anclados en lugares, sentados, viendo o pensando cosas, estamos tan cansados siempre... Yo quisiera hacer más. Activar mi cuerpo y mi mente, abandonar eso. Abandonar pensamientos amargos por recorrer unas calles que no me gustan, vivir algo distinto más a menudo, sin por ello normalizarlo. Ahora mismo me siento sin mucha energía, pero igualmente creo en esta idea que escribo.
También estuve pintando, me salieron cosas bonitas. Tuve una reflexión sobre eso que no recuerdo, esta tarde. Pensé en que mi mirada es demasiado crítica hacia las cosas que hago, y termino no haciendo o no disfrutando. Intentaré a partir de ahora no preocuparme tanto por que las cosas sean estéticas y bonitas, y más por disfrutarlas, por hacerlas simplemente, siendo yo misma. Algunas personas tienen eso dentro, y pueden crear cosas maravillosas, pero sé que yo no soy una de esas personas. Preferiría al menos librarme de ese peso, de la necesidad de ser perfeccionista o complicarme, y simplemente vivir, apreciar las cosas buenas e intentar dar de mí lo que pueda, pero en las cosas que sé que puedo hacer algo bueno.
La chica que no tiene talentos ocultos x)
Esta tarde estuve pensando en ello. En cómo tendemos hacia sentimientos egoístas, incluso en situaciones en las que estamos siendo sinceramente modestos con nosotros mismos. Quizá no es simple egoísmo sino un reflejo de nuestro deseo de ser queridos, o de encontrar algo bueno en nosotros, un por qué merecemos estar en este mundo si no somos nada especial. Supongo que nadie lo es.
Esa idea también me pone triste, pensar que muchas de las cosas que vemos o sentimos son construcciones nuestras, deseos caprichosos de ese momento. Uno puede tener una misma identidad toda su vida, pero hay cosas que siempre se mueven, siempre están en constante cambio dentro de nosotros.
Estuve andando algunas horas con tranquilidad en mi cabeza, desconectada de hablar con otras personas o mirar nada del teléfono. La temperatura era agradable, tanto que me sobraba ir abrigada a esa hora. Pensé que aprovecharía esa hora para salir a correr y pasear algunos días de la semana.
Después entré brevemente en una tienda, me molestó un poco parecer una molestia para dos empleadas, y que no fueran educadas. Luego volví a casa un poco cansada, pero me sentó bien pasear, había perdido un poco la noción del tiempo. Cuando miré el móvil tenía varios mensajes y notificaciones, y vuelvo a tener ganas de no tener móvil, de no usar eso para comunicarme, de desatarme de ahí.
Soñar es fácil. Pero crearse un mundo bonito donde vivir requiere esfuerzos. Y la energía sólo se crea teniendo energía, forzando el alma cansada de seguir andando, a que corra, a que vuele. Eso termina por activarnos, por despertar nuestras ganas y la conciencia de que todo irá bien si lo intentamos. Pasamos nuestras vidas anclados en lugares, sentados, viendo o pensando cosas, estamos tan cansados siempre... Yo quisiera hacer más. Activar mi cuerpo y mi mente, abandonar eso. Abandonar pensamientos amargos por recorrer unas calles que no me gustan, vivir algo distinto más a menudo, sin por ello normalizarlo. Ahora mismo me siento sin mucha energía, pero igualmente creo en esta idea que escribo.
También estuve pintando, me salieron cosas bonitas. Tuve una reflexión sobre eso que no recuerdo, esta tarde. Pensé en que mi mirada es demasiado crítica hacia las cosas que hago, y termino no haciendo o no disfrutando. Intentaré a partir de ahora no preocuparme tanto por que las cosas sean estéticas y bonitas, y más por disfrutarlas, por hacerlas simplemente, siendo yo misma. Algunas personas tienen eso dentro, y pueden crear cosas maravillosas, pero sé que yo no soy una de esas personas. Preferiría al menos librarme de ese peso, de la necesidad de ser perfeccionista o complicarme, y simplemente vivir, apreciar las cosas buenas e intentar dar de mí lo que pueda, pero en las cosas que sé que puedo hacer algo bueno.
La chica que no tiene talentos ocultos x)
lunes, 22 de enero de 2018
Nuestro hogar deshabitado
La noche no necesita testigos para suceder. Sucede incluso aunque la durmamos desde que atardece hasta la luz del día. Sucede aunque nadie dé vueltas a un café nocturno, en el silencio de su análisis del mundo, los aferrados minutos de un trabajo sin acabar cuyas horas silenciosas parecen paralizar el tiempo, el melancólico pensar de un amante que observa la luna desde la ventana, los suspiros de una adolescente sentada frente al ordenador, o la última caricia en una cama de sábanas revueltas.
El amor sucede sin testigos, sin palabras. Ni siquiera necesita de conciencia. El amor sucede, golpea las ventanas, sufre de frío y de humedad, navega con las olas infinitas de un océano, transcurre por los resquicios de los sótanos, y también tiembla con la tierra y a otros hace temblar, silencioso. Desencontrados en esa casa vacía, los recuerdos fluyen en un lugar en el que no hay testigos, y los momentos acaban, y siguen sucediendo. Mi amor no necesita testigos, ni ser pensado. Simplemente existe, aunque no estemos. En todas las épocas. Todos los momentos de mi vida que siguen aconteciendo, en un continuo suceder de noches que yo duermo pero otro yo está inmerso en otro mundo. Un hogar nuestro.
El amor sucede sin testigos, sin palabras. Ni siquiera necesita de conciencia. El amor sucede, golpea las ventanas, sufre de frío y de humedad, navega con las olas infinitas de un océano, transcurre por los resquicios de los sótanos, y también tiembla con la tierra y a otros hace temblar, silencioso. Desencontrados en esa casa vacía, los recuerdos fluyen en un lugar en el que no hay testigos, y los momentos acaban, y siguen sucediendo. Mi amor no necesita testigos, ni ser pensado. Simplemente existe, aunque no estemos. En todas las épocas. Todos los momentos de mi vida que siguen aconteciendo, en un continuo suceder de noches que yo duermo pero otro yo está inmerso en otro mundo. Un hogar nuestro.
viernes, 19 de enero de 2018
Pero no se lo digas a nadie
Me he despertado un poco de mis recuerdos.
Pero cuando recuerdes el pasado, Clementine, recuérdalo todo tal cual era. No elimines nada. No olvides el vacío, la soledad, el cinismo. No olvides los momentos que te hicieron sentir como un muñeco triste. No olvides que estabas sola, en tus recuerdos, en tu mente, en lo que comunicabas, nadie escuchaba, pues el mundo se había vuelto un escenario descolorido y agrietado, lleno de marionetas huecas.
¿Y qué si olvidé todo eso? ¿Acaso debemos vivir en eso? ¿Las personas no pueden reiniciarse? ¿Desconocerse y conocerse de nuevo?
Cuántos años he soñado con eso. Ojalá me desconocieras, y conocernos de nuevo. Es tan básico. Una vez perdemos la oportunidad ya no hay otras nuevas.
Colorea la voz y el sentido con un poco de mañana. No pienses tanto, disfrútalo. Me dije que iba a estar cuerda, y no está funcionando. Aquella mañana triste me sentí bien. Tenía la risa en los zapatos. A veces soy mi mejor compañía, conmigo me parto. Encuentro escaleras azules que me llevan al éxtasis. Tu voz me llevó al engaño.
Me gustaría volver a soñar con que nos soñábamos. Pero tú eres nueva, Clementine. Olvidaste todo lo que tenías que desaprender. A veces aún pienso en esos cuervos rojos. Tienes la mente de un centenario con sueños que sólo se hacen realidad al crecer. No me desentiendas. Intentaré ser fuerte.
Tráeme aquello que intenté guardar en tu ausencia.
Pero cuando recuerdes el pasado, Clementine, recuérdalo todo tal cual era. No elimines nada. No olvides el vacío, la soledad, el cinismo. No olvides los momentos que te hicieron sentir como un muñeco triste. No olvides que estabas sola, en tus recuerdos, en tu mente, en lo que comunicabas, nadie escuchaba, pues el mundo se había vuelto un escenario descolorido y agrietado, lleno de marionetas huecas.
¿Y qué si olvidé todo eso? ¿Acaso debemos vivir en eso? ¿Las personas no pueden reiniciarse? ¿Desconocerse y conocerse de nuevo?
Cuántos años he soñado con eso. Ojalá me desconocieras, y conocernos de nuevo. Es tan básico. Una vez perdemos la oportunidad ya no hay otras nuevas.
Colorea la voz y el sentido con un poco de mañana. No pienses tanto, disfrútalo. Me dije que iba a estar cuerda, y no está funcionando. Aquella mañana triste me sentí bien. Tenía la risa en los zapatos. A veces soy mi mejor compañía, conmigo me parto. Encuentro escaleras azules que me llevan al éxtasis. Tu voz me llevó al engaño.
Me gustaría volver a soñar con que nos soñábamos. Pero tú eres nueva, Clementine. Olvidaste todo lo que tenías que desaprender. A veces aún pienso en esos cuervos rojos. Tienes la mente de un centenario con sueños que sólo se hacen realidad al crecer. No me desentiendas. Intentaré ser fuerte.
Tráeme aquello que intenté guardar en tu ausencia.
jueves, 18 de enero de 2018
En enero
La amistad no termina por la amistad, tiene su cauce en otros terrenos. Sonrío viéndote sonreír. A veces siento que estas olas no rompen ningún silencio. El suelo de nuestros antepasados sigue quieto, expectante, pero ausente. Siento tristeza si me olvido de los entornos cálidos. La supervivencia de estar juntos, la hierba que crece, el frío con abrazos. El color de unos ojos curiosos que esconden algo. Me acordé de ti cuando dijiste que nunca seríamos extraños.
Y vivir, vivir sin corazas. Poder desnudar mi pecho para ti, sin miedo a las lanzas. Una vida real, un profundo sentir hacia adelante. El impulso sin cadenas, la brisa desordenada. A veces quisiera plantarme en otra parte y crecer como las calabazas. Tener las raíces cálidas, esperar a que llegue el otoño y desplegar mis alas. En este corazón brillante que puliste, aún me queda un poco de amor. Plántalo como si fueran las últimas semillas de los árboles que abrigan este mundo. No olvides que me estoy olvidando. Se está desvaneciendo aquello que tanto cuidamos.
Y vivir, vivir sin corazas. Poder desnudar mi pecho para ti, sin miedo a las lanzas. Una vida real, un profundo sentir hacia adelante. El impulso sin cadenas, la brisa desordenada. A veces quisiera plantarme en otra parte y crecer como las calabazas. Tener las raíces cálidas, esperar a que llegue el otoño y desplegar mis alas. En este corazón brillante que puliste, aún me queda un poco de amor. Plántalo como si fueran las últimas semillas de los árboles que abrigan este mundo. No olvides que me estoy olvidando. Se está desvaneciendo aquello que tanto cuidamos.
miércoles, 17 de enero de 2018
Diario 4: fuimos lobos
Hoy me desperté con poca energía en general. Poca energía mental y física, sin muchos deseos de comenzar nada, aunque sí siento deseos de cambiar eso y sentir al menos impaciencia o inquietud física. Tal vez no esté bien del todo, porque me encuentro un poco mal y creía que sólo tenía molestias por culpa de la alergia, pero ahora siento frío en el cuerpo y sólo me apetece estar arropada, el trabajo tendrá que esperar.
También llevo un par de días sin ganas de comer nada, ni siquiera de merendar ni ningún capricho en especial. Así que es una de esas sucesiones extrañas de días y necesito salir de aquí o moverme de alguna manera para no empezar a sentirme sola y a sentir la casa extraña. Pensé en irme con mi madre unos días, pero si empeoro me tendré que quedar allí. Además ayer hablando con una amiga le comentaba que ya la próxima vez que fuese a casa de mi madre nos intercambiaríamos los coches... En algún momento pensé que sería fantástico conducir el coche de mi padre. Más grande, más actualizado, con potencia y solidez en la carretera. Ya que desde hace bastante el coche sólo lo utilizo para salir a la carretera, y odio esa sensación de que camiones o ráfagas de viento grandes hagan temblar la estructura del coche, necesito algo mayor y sentirme segura. Pero me da mucha pena desprenderme del que he estado usando estos años, de alguna manera absurda lo siento como mi bebé, y a la vez un ser que me proporciona llegar a casa, y cosas seguras, aunque haya pasado también momentos duros a causa de él.
No había vuelto a pensar en ello, en la sensación tan horrible de quedarse en la carretera. Me dije "esto también hay que vivirlo", y eso me digo ahora. Me voy a dormir pensando en lo mucho que estoy aprendiendo, acerca de cuestiones humanas, de cuestiones que nadie explica en los libros. También pienso que debería escribir y acordarme, pero ya no soy la misma. Siento que no puedo hacer nada en este lugar. Yo que siempre he sido tan inquieta. Me encantaría marcharme lejos de aquí y vivir una vida más real, y que me inspire y no me empequeñezca. Volver a tener algo que contarme, poder correr con todas mis fuerzas. Somos lobos criados en jaulas que se han olvidado de cazar y de correr entre los árboles. En algunos sueños todavía soy loba, y recuerdo cómo el viento sopla con fuerza sin inmutarse mi cuerpo ni temblar bajo las estrellas. En mi sueño tenía una camada, que me seguía y aprendía de mis pasos, que me rodeaba con ternura. A veces quisiera no ser humana y ser otra cosa. Experimentar la intensidad cruda de vivir, volver al inicio, volver a lo que quiera que sea que vinimos a ser. Nada me agradaría más, y en el fondo abandonaría todo, incluso estas palabras, y el modo de comunicarlas. Abandonaría todo, daría todo por no tener que llevar equipaje allá donde fuera. Tendría todo lo que necesitara conmigo, y eso me bastaría.
También llevo un par de días sin ganas de comer nada, ni siquiera de merendar ni ningún capricho en especial. Así que es una de esas sucesiones extrañas de días y necesito salir de aquí o moverme de alguna manera para no empezar a sentirme sola y a sentir la casa extraña. Pensé en irme con mi madre unos días, pero si empeoro me tendré que quedar allí. Además ayer hablando con una amiga le comentaba que ya la próxima vez que fuese a casa de mi madre nos intercambiaríamos los coches... En algún momento pensé que sería fantástico conducir el coche de mi padre. Más grande, más actualizado, con potencia y solidez en la carretera. Ya que desde hace bastante el coche sólo lo utilizo para salir a la carretera, y odio esa sensación de que camiones o ráfagas de viento grandes hagan temblar la estructura del coche, necesito algo mayor y sentirme segura. Pero me da mucha pena desprenderme del que he estado usando estos años, de alguna manera absurda lo siento como mi bebé, y a la vez un ser que me proporciona llegar a casa, y cosas seguras, aunque haya pasado también momentos duros a causa de él.
No había vuelto a pensar en ello, en la sensación tan horrible de quedarse en la carretera. Me dije "esto también hay que vivirlo", y eso me digo ahora. Me voy a dormir pensando en lo mucho que estoy aprendiendo, acerca de cuestiones humanas, de cuestiones que nadie explica en los libros. También pienso que debería escribir y acordarme, pero ya no soy la misma. Siento que no puedo hacer nada en este lugar. Yo que siempre he sido tan inquieta. Me encantaría marcharme lejos de aquí y vivir una vida más real, y que me inspire y no me empequeñezca. Volver a tener algo que contarme, poder correr con todas mis fuerzas. Somos lobos criados en jaulas que se han olvidado de cazar y de correr entre los árboles. En algunos sueños todavía soy loba, y recuerdo cómo el viento sopla con fuerza sin inmutarse mi cuerpo ni temblar bajo las estrellas. En mi sueño tenía una camada, que me seguía y aprendía de mis pasos, que me rodeaba con ternura. A veces quisiera no ser humana y ser otra cosa. Experimentar la intensidad cruda de vivir, volver al inicio, volver a lo que quiera que sea que vinimos a ser. Nada me agradaría más, y en el fondo abandonaría todo, incluso estas palabras, y el modo de comunicarlas. Abandonaría todo, daría todo por no tener que llevar equipaje allá donde fuera. Tendría todo lo que necesitara conmigo, y eso me bastaría.
lunes, 15 de enero de 2018
Diario 3: Porción individual de amigo
Pese a que no se ha aligerado la carga, me siento bien y hay algo que me hace sentir tranquilidad. Veo todo bien, siento que las cosas están correctas y son acogedoras, como si todo saliera bien sin importar cosas que deben preocupar. Eso está bien y no quiero buscar mucho las razones, me basta con sentirme así.
Los días lluviosos me ponen de buen humor, y empiezo a sentir de nuevo esa sensación de invierno agradable. De invierno de recuerdos buenos, de sensaciones cálidas. La verdad es que ando un poco escasa de recuerdos últimamente, de recuerdos que valgan la pena de verdad. Así que no me importa crear unos cuantos nuevos, sobre todo momentos felices de esos que quisiera visitar en un pensadero.
Hoy también quise quitarme mis limitaciones, mis prohibiciones propias. Me he dado cuenta de que estar frustrado o reprimir cosas en la vida crea problemas y bloqueos mentales. Debemos hacer aquello que deseemos, aunque no esté bien/correcto en el tiempo, o no sea aquello a lo que debemos dedicar nuestras energías. Además, si lo haces, te quitarás esa pequeña espina, y dejas de pensar tanto en cuánto quieres hacer eso porque ya lo has hecho, para continuar con tu vida. Así que... Desahoguémonos, quitémonos de encima las tareas pendientes (las que deseamos, son divertidas, nos entretienen), y así podremos avanzar con más cosas y sentirnos felices. Eso pienso.
Otros problemas mentales o psicológicos siguen sin arreglo. Anoche tuve un sueño muy solitario, en el que todo el mundo me daba de lado. Cosas tristes, y de esa sensación que tengo a veces con gestos muy pequeños de las personas que me dan ganas de alejarme para siempre jamás. En el sueño, yo al final cogía un avión que había esperando. Un avión de pasajeros, que sin embargo al entrar parecía muy pequeño y con pocos asientos como si fuera un autobús. Recordado en mi mente era magnífico, daba miedo subirse a ese trasto, pero lo bien montado que estaba. Mi imaginación creando cosas bonitas que no sé inventar cuando estoy despierta.
Recuerdo la sensación al despegar. Me había sentado en medio, ni muy atrás ni muy delante del avión porque quería tener la falsa sensación de estar en un avión de verdad, y delante se veía a los pilotos trabajando, y una vista de las nubes frontal muy peculiar y que nunca he podido ver en un avión. Pero me daba vértigo, miedo, una sensación sublime no agradable. Las alas temblaron en el aire, cualquier corriente de viento parecía notarse y pensé que nos íbamos a estrellar. El avión fue en picado y por un solo instante pensé que efectivamente controlaba yo el sueño, y que mi imaginación iba a hacer que se estrellara. Y me solté de la mano del miedo y pensé que me daba igual. No me importaba estrellarme. Así que el avión no se estrelló, y siguió volando. Era incluso agradable. Había azafatas simpáticas que servían una versión muy reducida de los tentempiés que suelen verse en un avión. Mirar el cielo y las ciudades era cómodo. Mientras estás viajando la vida se paraliza, y no puedes hacer otra cosa que disfrutar del viaje. La sensación de soledad también se paralizaba en el tiempo, y ya la retomaría al llegar a tierra. Por ahora sólo estaban las nubes, las sonrisas de las azafatas, la tranquilidad de las pocas personas en ese avión pequeño, murmurando conversaciones cotidianas, dormitando, el sonido de sus cabezas pensando.
Sentía que podía prolongar ese regreso a casa durante horas.
Los días lluviosos me ponen de buen humor, y empiezo a sentir de nuevo esa sensación de invierno agradable. De invierno de recuerdos buenos, de sensaciones cálidas. La verdad es que ando un poco escasa de recuerdos últimamente, de recuerdos que valgan la pena de verdad. Así que no me importa crear unos cuantos nuevos, sobre todo momentos felices de esos que quisiera visitar en un pensadero.
Hoy también quise quitarme mis limitaciones, mis prohibiciones propias. Me he dado cuenta de que estar frustrado o reprimir cosas en la vida crea problemas y bloqueos mentales. Debemos hacer aquello que deseemos, aunque no esté bien/correcto en el tiempo, o no sea aquello a lo que debemos dedicar nuestras energías. Además, si lo haces, te quitarás esa pequeña espina, y dejas de pensar tanto en cuánto quieres hacer eso porque ya lo has hecho, para continuar con tu vida. Así que... Desahoguémonos, quitémonos de encima las tareas pendientes (las que deseamos, son divertidas, nos entretienen), y así podremos avanzar con más cosas y sentirnos felices. Eso pienso.
Otros problemas mentales o psicológicos siguen sin arreglo. Anoche tuve un sueño muy solitario, en el que todo el mundo me daba de lado. Cosas tristes, y de esa sensación que tengo a veces con gestos muy pequeños de las personas que me dan ganas de alejarme para siempre jamás. En el sueño, yo al final cogía un avión que había esperando. Un avión de pasajeros, que sin embargo al entrar parecía muy pequeño y con pocos asientos como si fuera un autobús. Recordado en mi mente era magnífico, daba miedo subirse a ese trasto, pero lo bien montado que estaba. Mi imaginación creando cosas bonitas que no sé inventar cuando estoy despierta.
Recuerdo la sensación al despegar. Me había sentado en medio, ni muy atrás ni muy delante del avión porque quería tener la falsa sensación de estar en un avión de verdad, y delante se veía a los pilotos trabajando, y una vista de las nubes frontal muy peculiar y que nunca he podido ver en un avión. Pero me daba vértigo, miedo, una sensación sublime no agradable. Las alas temblaron en el aire, cualquier corriente de viento parecía notarse y pensé que nos íbamos a estrellar. El avión fue en picado y por un solo instante pensé que efectivamente controlaba yo el sueño, y que mi imaginación iba a hacer que se estrellara. Y me solté de la mano del miedo y pensé que me daba igual. No me importaba estrellarme. Así que el avión no se estrelló, y siguió volando. Era incluso agradable. Había azafatas simpáticas que servían una versión muy reducida de los tentempiés que suelen verse en un avión. Mirar el cielo y las ciudades era cómodo. Mientras estás viajando la vida se paraliza, y no puedes hacer otra cosa que disfrutar del viaje. La sensación de soledad también se paralizaba en el tiempo, y ya la retomaría al llegar a tierra. Por ahora sólo estaban las nubes, las sonrisas de las azafatas, la tranquilidad de las pocas personas en ese avión pequeño, murmurando conversaciones cotidianas, dormitando, el sonido de sus cabezas pensando.
Sentía que podía prolongar ese regreso a casa durante horas.
miércoles, 10 de enero de 2018
Rota
Anoche no me fui a dormir muy bien. Estaba triste por unas cuantas cosas, así que no me sorprendió despertarme igualmente triste. Hoy ha sido un día más desperdiciado. Como casi todos los días, haga o no haga algo. Porque nada es lo que yo quiero, ni las acciones, ni la ausencia de ellas, ni siquiera el reposo de ellas, o los deseos. Desear es humano, no podemos ser sólo individuos pensantes, individuos atareados en tonterías, como en una cadena de producción. No quiero ser sólo una pieza. Y me da igual si es una pieza importante o una pieza estúpida de repuesto. Quizá prefiero no servir de nada para nadie, pero ser libre para escuchar mis deseos.
Comprendo muy bien lo ajeno a los demás que son estas cosas, lo ajeno a toda circunstancia y todo juicio que yo antes extrajera de las cosas que salían mal. Nada en concreto que yo haga ni nadie implicado tiene la culpa. La vida tiene ese sabor amargo, ese sabor incompleto. Al menos la mía. A veces me agobio y me asusto muchísimo pensando que al final todo va a ser igual. Que me despertaré cada día igual, en el mismo sitio y con los mismos sueños en la basura, como si no hubiera vivido. La generación de los sueños rotos es como nos llamamos. Sueños perdidos, sueños absurdos, sueños creídos, vivenciados, exprimidos, pintados, coloreados, plasmados.
La generación de los niños que nunca convertirán su juguete en un coche real. Ni su casita de muñecas en un hogar. La generación de niños rotos. Extrañados, decepcionados y tristes. La generación de los niños que mueren sin sueños, que vienen a un mundo roto y dejan más roto el mundo. Los niños que no pintan nada aquí. Niños que no debieron nacer.
No veo la hora de ir a dormir.
Comprendo muy bien lo ajeno a los demás que son estas cosas, lo ajeno a toda circunstancia y todo juicio que yo antes extrajera de las cosas que salían mal. Nada en concreto que yo haga ni nadie implicado tiene la culpa. La vida tiene ese sabor amargo, ese sabor incompleto. Al menos la mía. A veces me agobio y me asusto muchísimo pensando que al final todo va a ser igual. Que me despertaré cada día igual, en el mismo sitio y con los mismos sueños en la basura, como si no hubiera vivido. La generación de los sueños rotos es como nos llamamos. Sueños perdidos, sueños absurdos, sueños creídos, vivenciados, exprimidos, pintados, coloreados, plasmados.
La generación de los niños que nunca convertirán su juguete en un coche real. Ni su casita de muñecas en un hogar. La generación de niños rotos. Extrañados, decepcionados y tristes. La generación de los niños que mueren sin sueños, que vienen a un mundo roto y dejan más roto el mundo. Los niños que no pintan nada aquí. Niños que no debieron nacer.
No veo la hora de ir a dormir.
martes, 9 de enero de 2018
Diario 2: Nietzsche y una vikinga
Hoy fue otro día marcado por el frío, aunque no me hizo falta el paraguas.
Salí con bastante energía, había dormido muchas horas, con bastante disposición. El autobús también llegó bien.
El abrigo no me fue suficiente para no tener frío, ni siquiera el doble pantalón que llevaba, ni una camiseta térmica bajo todo (no sé por qué llaman a eso térmico, yo creo que es una estafa). Empecé a escuchar música en el camino, ya que el día anterior sí me acordé de cargar el mp3. Pero todo me pareció bastante aburrido y visto, debería cambiar de música. Al final puse un podcast en directo que acababa de empezar, y eso fue lo que escuché. Me relaja escuchar o ver cosas en directo, donde los locutores charlan mientras toman café, y algunos incluso están en pijama. Me siento como cuando era pequeña y me gustaba comer galletas para merendar cuando los personajes de dibujos también merendaban galletas.
Al llegar a clase pusieron el proyector, y nada más entrar la profesora dijo que iban a poner la película "El día en que Nietzsche lloró". "Mierda... deberían haberme avisado y ahorrarme estas horas.", pensé al ver que la película ya la había visto. Sin embargo no me sentó tan mal como podría en otras circunstancias, tampoco me quejé mucho por dentro. Pensé que me distraería con el portátil o con el móvil, pero la verdad es que me entretuve volviéndola a ver. Es una película bastante buena, no lo recordaba. También existe un libro, pero no lo he leído. Debería hacerlo, pues los diálogos deben estar muy bien. Cuando entraron en escena los primeros personajes me di cuenta de que Katheryn Winnick hacía el papel de Lou Salomé. No lo sabía, verla me puso muy contenta. Ya casi no despegué los ojos de la película.
Un rato después vi la lucecita del móvil parpadeando y lo cogí. Elsa me decía que acababa de llegar a clase, y que estaba detrás mía. Miré el reflejo de mi portátil y la vi, pero no me giré porque justo en mi espalda se había sentado la profesora. No paraba de toser de forma muy desagradable. Me trajo malos recuerdos de cuando enfermé hace un mes por culpa de un compañero que se puso a toser mucho detrás de mí. Confío en que ahora mis defensas estén más fuertes.
El frío era intolerable. Me puse el abrigo a modo de manta sobre las piernas y parte de los brazos, pero no hizo mucho. Debería escribir esa carta. Pensé primero un día en hacerla de forma casual. Pero no, creo que debería redactarla en buen papel y con tinta de impresora, que no se viera mi letra espantosa y caótica y pensaran que era una niña pequeña quejándose de que no hay calefacción, o peor, una psicópata.
Cuando terminó la película Elsa vino a darme un abrazo, porque no nos veíamos desde antes de Navidad. Esas muestras de afecto siempre me cogen por sorpresa, aunque me gustan. Se sentó delante girada hacia mí y charlamos. La verdad es que estaba muy contenta de que ella estuviera allí. Era agradable. Entonces llegó otro chico, uno con el pelo azul que siempre me saluda o me habla de alguna cosa desde que empezó el curso. No es mal tipo. También me dio un abrazo, eso me sorprendió un poco y no sé si me gustó. Interrumpió un poco nuestra conversación y me preguntó si había tenido pareja alguna vez, yo entendí que si tenía pareja ahora, y dije que sí. Entonces él dijo "ah, bien, y ¿tienes pareja?", lo cual fue un poco confuso dado que creí que era la misma pregunta. Dije que sí, y sonrió haciendo otra pregunta, "¿Y qué tal? ¿Bien?". Me pareció una cosa un poco rara que preguntarle a una persona. Y tampoco tenemos tanta confianza.
Después intenté hablar un poco más con Elsa, pero el profesor hizo su entrada y tuve que ir a pedirle unas fotocopias que dio ayer, cuando no fui por mi odisea con la lluvia.
Hoy escribí varias cosas. No cosas mías, sino ideas que me gustaron de otros. Algunas gracias a la película, la verdad es que me alegra haberla visto otra vez. Hay mucha información interesante en ella y pronto se olvida si no se aprende e interioriza. Cosas para vivir. Apunté un par de ellas para hablar el sábado, aunque realmente no son tan importantes si no se profundiza en ellas. Me gustó la idea de vivir en el lado intenso, quizá es algo que yo he dicho mucho durante estos años. ¿Quién quiere vivir sin pasión, sin misterio, ni magia?
Después de un rato en clase y habiendo apuntado algunas cosas útiles para mi examen, no soporté más el frío congelándome las falanges así que me fui. No paraba de pensar en hacer sopa en casa, y estar calentita con mis cosas. Ahora mismo no sé si iré mañana, probablemente no, pero como he de ir al médico es posible que quiera comer fuera igualmente, en mi restaurante favorito. Me gustaría mucho, espero que no haya impedimentos.
No ha sido un día de hacer mucho, la mayor parte del tiempo la he pasado en mi mente, con basura mental y con descanso físico. No he tenido agallas de ponerme de nuevo con el trabajo, debería hacerlo. Sobre todo si gano tiempo no yendo más a clase esta semana. Ojalá todo salga bien.
Salí con bastante energía, había dormido muchas horas, con bastante disposición. El autobús también llegó bien.
El abrigo no me fue suficiente para no tener frío, ni siquiera el doble pantalón que llevaba, ni una camiseta térmica bajo todo (no sé por qué llaman a eso térmico, yo creo que es una estafa). Empecé a escuchar música en el camino, ya que el día anterior sí me acordé de cargar el mp3. Pero todo me pareció bastante aburrido y visto, debería cambiar de música. Al final puse un podcast en directo que acababa de empezar, y eso fue lo que escuché. Me relaja escuchar o ver cosas en directo, donde los locutores charlan mientras toman café, y algunos incluso están en pijama. Me siento como cuando era pequeña y me gustaba comer galletas para merendar cuando los personajes de dibujos también merendaban galletas.
Al llegar a clase pusieron el proyector, y nada más entrar la profesora dijo que iban a poner la película "El día en que Nietzsche lloró". "Mierda... deberían haberme avisado y ahorrarme estas horas.", pensé al ver que la película ya la había visto. Sin embargo no me sentó tan mal como podría en otras circunstancias, tampoco me quejé mucho por dentro. Pensé que me distraería con el portátil o con el móvil, pero la verdad es que me entretuve volviéndola a ver. Es una película bastante buena, no lo recordaba. También existe un libro, pero no lo he leído. Debería hacerlo, pues los diálogos deben estar muy bien. Cuando entraron en escena los primeros personajes me di cuenta de que Katheryn Winnick hacía el papel de Lou Salomé. No lo sabía, verla me puso muy contenta. Ya casi no despegué los ojos de la película.
Un rato después vi la lucecita del móvil parpadeando y lo cogí. Elsa me decía que acababa de llegar a clase, y que estaba detrás mía. Miré el reflejo de mi portátil y la vi, pero no me giré porque justo en mi espalda se había sentado la profesora. No paraba de toser de forma muy desagradable. Me trajo malos recuerdos de cuando enfermé hace un mes por culpa de un compañero que se puso a toser mucho detrás de mí. Confío en que ahora mis defensas estén más fuertes.
El frío era intolerable. Me puse el abrigo a modo de manta sobre las piernas y parte de los brazos, pero no hizo mucho. Debería escribir esa carta. Pensé primero un día en hacerla de forma casual. Pero no, creo que debería redactarla en buen papel y con tinta de impresora, que no se viera mi letra espantosa y caótica y pensaran que era una niña pequeña quejándose de que no hay calefacción, o peor, una psicópata.
Cuando terminó la película Elsa vino a darme un abrazo, porque no nos veíamos desde antes de Navidad. Esas muestras de afecto siempre me cogen por sorpresa, aunque me gustan. Se sentó delante girada hacia mí y charlamos. La verdad es que estaba muy contenta de que ella estuviera allí. Era agradable. Entonces llegó otro chico, uno con el pelo azul que siempre me saluda o me habla de alguna cosa desde que empezó el curso. No es mal tipo. También me dio un abrazo, eso me sorprendió un poco y no sé si me gustó. Interrumpió un poco nuestra conversación y me preguntó si había tenido pareja alguna vez, yo entendí que si tenía pareja ahora, y dije que sí. Entonces él dijo "ah, bien, y ¿tienes pareja?", lo cual fue un poco confuso dado que creí que era la misma pregunta. Dije que sí, y sonrió haciendo otra pregunta, "¿Y qué tal? ¿Bien?". Me pareció una cosa un poco rara que preguntarle a una persona. Y tampoco tenemos tanta confianza.
Después intenté hablar un poco más con Elsa, pero el profesor hizo su entrada y tuve que ir a pedirle unas fotocopias que dio ayer, cuando no fui por mi odisea con la lluvia.
Hoy escribí varias cosas. No cosas mías, sino ideas que me gustaron de otros. Algunas gracias a la película, la verdad es que me alegra haberla visto otra vez. Hay mucha información interesante en ella y pronto se olvida si no se aprende e interioriza. Cosas para vivir. Apunté un par de ellas para hablar el sábado, aunque realmente no son tan importantes si no se profundiza en ellas. Me gustó la idea de vivir en el lado intenso, quizá es algo que yo he dicho mucho durante estos años. ¿Quién quiere vivir sin pasión, sin misterio, ni magia?
Después de un rato en clase y habiendo apuntado algunas cosas útiles para mi examen, no soporté más el frío congelándome las falanges así que me fui. No paraba de pensar en hacer sopa en casa, y estar calentita con mis cosas. Ahora mismo no sé si iré mañana, probablemente no, pero como he de ir al médico es posible que quiera comer fuera igualmente, en mi restaurante favorito. Me gustaría mucho, espero que no haya impedimentos.
No ha sido un día de hacer mucho, la mayor parte del tiempo la he pasado en mi mente, con basura mental y con descanso físico. No he tenido agallas de ponerme de nuevo con el trabajo, debería hacerlo. Sobre todo si gano tiempo no yendo más a clase esta semana. Ojalá todo salga bien.
lunes, 8 de enero de 2018
Diario 1: La lluvia en los zapatos
Hoy era el primer día de clase después de las vacaciones de invierno. La verdad es que se me han hecho demasiado cortas, y he avanzado demasiado... nada. ¿Cómo se les ocurre darnos tanto trabajo pendiente para tan sólo dos semanas de vacaciones? Y no vacaciones relajadas, sin hacer nada. Vacaciones navideñas, que muchos pasan fuera de casa, y en fin. El caso es que me costaría muchísimo más volver de no darse la circunstancia de que sólo he de ir esta semana. Ya cuento los días en el calendario incluso, para las vacaciones de semana santa.
Hoy salí de casa abrigada hasta los dientes. Hacía 6 grados fuera y una lluvia intensa y furiosa, infinita. Pensé que renunciar a vestir como una persona hoy merecería la pena si podía estar calentita, seca y sin amargura por el mundo, sabiendo que en la facultad no ponen nunca la calefacción ni supone refugio alguno. Pero ha sido un desastre.
Fui hacia la parada de autobús, con un paraguas enorme y mis pintas con abrigo gigante e impermeable, sintiéndome bastante bien. El frío era soportable con ese abrigo, y con suerte la lluvia no me afectaría mucho. Pero no mucho después empecé a ver que aquello podía no servir de mucho. Las aceras tenían varios centímetros de agua. Toda la acera, como si la ciudad entera se hubiera construido sobre un cementerio lleno de bultos, creando charcos de varias decenas de metros insalvables. Metí despacio un pie en una zona que creí que no tendría tanta agua y pisé rezando, pareció no afectarme ni calar dentro. Luego fui esquivando los peores sitios como pude, pero parecía obligatorio meter un pie en algún que otro charco. ¿Es que no existen las alcantarillas aquí?
Pese a todo, seguí andando sin afectarme al ánimo. Tenía los pies secos y eso era un milagro. Entonces me puse a esperar el autobús, estaba lleno de gente y eso no era buena señal. Era temprano y todavía no habría pasado ni el anterior que yo suelo coger. El tráfico iba lento, atascado, parsimonioso. Había tres personas bajo la marquesina de la parada de autobús con los paraguas abiertos además, impidiendo que nadie más se refugiara dentro. A veces la mala educación de las personas saca lo peor de mí. Esperé de pie con el paraguas lo más recto posible junto a otras personas. No sé cómo de lento se me pasó el tiempo, pero fueron más de treinta minutos reales y unos 900 en mi percepción. El autobús no venía, y yo ya tenía las botas mojadas por arriba, el abrigo empapado por detrás, y empezaba a notar frío en los pies. Una chica que había llegado un poco después se puso delante. También llevaba un abrigo largo pero no era impermeable, sus botas en cambio me parecieron más acertadas que las mías. Se le cuartearían y estropearían con la lluvia, pero al menos le mantendrían los pies secos. Miré varias veces la hora, no me preocupaba llegar tarde, eso me daba igual. Pero estar allí de pie, con esa lluvia furiosa... Me estaba sintiendo realmente mal. Miré mis pies y ya estaban completamente de otro color, el tono de las botas se había puesto oscuro y el agua ya había calado. Tenía los pies empapados, fríos y con ganas de morirse. Intenté no oírles quejarse, pero más partes de mi cuerpo se quejaban y me paralicé un momento. Empecé a evadirme pensando en otro lugar, en opciones para no sentirse frío, bajo ese cielo nocturno de agua infinita. Me abandoné un segundo, como si yo sólo fuera un cuerpo cuyo espíritu se estaba despidiendo. Fue entonces cuando llegó.
La chica que se había puesto delante de mí giró el cuerpo entero para mirarme, mientras se detenía el autobús en la parada. Yo seguí con los pies clavados en el suelo mientras la gente se arremolinaba cerca de la puerta. Tanta gente... Trescientos paraguas. Yo tenía ya el dinero en la mano, dentro del bolsillo, para evitarme incomodidades una vez entrara con el paraguas. Sin embargo, no me moví. La chica seguía esperando a que yo hiciera algún gesto para pasar delante de ella, pero en lugar de eso, me di la vuelta y me fui.
No sé por qué lo hice. Supongo que no quería tragar con todo eso. Tenía los pies empapados y agarrotados por el frío. Cada sufrimiento que soportaba me parecía rendirme a un día espantoso. Ser su sierva, resignarme a ser otra persona desgraciada y paciente. ¿Cómo soportan las personas ese tipo de cosas? Porque me imagino que no soy la única que ha pasado días espantosos con incomodidades físicas... Pero lo parece.
No me pareció bien darme la vuelta, pero me di una oportunidad pensando que quizá la lluvia amainase en una hora o dos y así podría ir a la siguiente clase. Tenía muchas ganas de comprarme unas botas de agua. Me volví pensando en eso. Que tendría unas bonitas y cómodas, que nunca había tenido unas. Que al llegar a casa me prepararía una taza de colacao caliente, y otros pensamientos que me dieron calor mientras pasaba de nuevo por los charcos hacia mi casa.
Hoy salí de casa abrigada hasta los dientes. Hacía 6 grados fuera y una lluvia intensa y furiosa, infinita. Pensé que renunciar a vestir como una persona hoy merecería la pena si podía estar calentita, seca y sin amargura por el mundo, sabiendo que en la facultad no ponen nunca la calefacción ni supone refugio alguno. Pero ha sido un desastre.
Fui hacia la parada de autobús, con un paraguas enorme y mis pintas con abrigo gigante e impermeable, sintiéndome bastante bien. El frío era soportable con ese abrigo, y con suerte la lluvia no me afectaría mucho. Pero no mucho después empecé a ver que aquello podía no servir de mucho. Las aceras tenían varios centímetros de agua. Toda la acera, como si la ciudad entera se hubiera construido sobre un cementerio lleno de bultos, creando charcos de varias decenas de metros insalvables. Metí despacio un pie en una zona que creí que no tendría tanta agua y pisé rezando, pareció no afectarme ni calar dentro. Luego fui esquivando los peores sitios como pude, pero parecía obligatorio meter un pie en algún que otro charco. ¿Es que no existen las alcantarillas aquí?
Pese a todo, seguí andando sin afectarme al ánimo. Tenía los pies secos y eso era un milagro. Entonces me puse a esperar el autobús, estaba lleno de gente y eso no era buena señal. Era temprano y todavía no habría pasado ni el anterior que yo suelo coger. El tráfico iba lento, atascado, parsimonioso. Había tres personas bajo la marquesina de la parada de autobús con los paraguas abiertos además, impidiendo que nadie más se refugiara dentro. A veces la mala educación de las personas saca lo peor de mí. Esperé de pie con el paraguas lo más recto posible junto a otras personas. No sé cómo de lento se me pasó el tiempo, pero fueron más de treinta minutos reales y unos 900 en mi percepción. El autobús no venía, y yo ya tenía las botas mojadas por arriba, el abrigo empapado por detrás, y empezaba a notar frío en los pies. Una chica que había llegado un poco después se puso delante. También llevaba un abrigo largo pero no era impermeable, sus botas en cambio me parecieron más acertadas que las mías. Se le cuartearían y estropearían con la lluvia, pero al menos le mantendrían los pies secos. Miré varias veces la hora, no me preocupaba llegar tarde, eso me daba igual. Pero estar allí de pie, con esa lluvia furiosa... Me estaba sintiendo realmente mal. Miré mis pies y ya estaban completamente de otro color, el tono de las botas se había puesto oscuro y el agua ya había calado. Tenía los pies empapados, fríos y con ganas de morirse. Intenté no oírles quejarse, pero más partes de mi cuerpo se quejaban y me paralicé un momento. Empecé a evadirme pensando en otro lugar, en opciones para no sentirse frío, bajo ese cielo nocturno de agua infinita. Me abandoné un segundo, como si yo sólo fuera un cuerpo cuyo espíritu se estaba despidiendo. Fue entonces cuando llegó.
La chica que se había puesto delante de mí giró el cuerpo entero para mirarme, mientras se detenía el autobús en la parada. Yo seguí con los pies clavados en el suelo mientras la gente se arremolinaba cerca de la puerta. Tanta gente... Trescientos paraguas. Yo tenía ya el dinero en la mano, dentro del bolsillo, para evitarme incomodidades una vez entrara con el paraguas. Sin embargo, no me moví. La chica seguía esperando a que yo hiciera algún gesto para pasar delante de ella, pero en lugar de eso, me di la vuelta y me fui.
No sé por qué lo hice. Supongo que no quería tragar con todo eso. Tenía los pies empapados y agarrotados por el frío. Cada sufrimiento que soportaba me parecía rendirme a un día espantoso. Ser su sierva, resignarme a ser otra persona desgraciada y paciente. ¿Cómo soportan las personas ese tipo de cosas? Porque me imagino que no soy la única que ha pasado días espantosos con incomodidades físicas... Pero lo parece.
No me pareció bien darme la vuelta, pero me di una oportunidad pensando que quizá la lluvia amainase en una hora o dos y así podría ir a la siguiente clase. Tenía muchas ganas de comprarme unas botas de agua. Me volví pensando en eso. Que tendría unas bonitas y cómodas, que nunca había tenido unas. Que al llegar a casa me prepararía una taza de colacao caliente, y otros pensamientos que me dieron calor mientras pasaba de nuevo por los charcos hacia mi casa.