lunes, 15 de enero de 2018

Diario 3: Porción individual de amigo

Pese a que no se ha aligerado la carga, me siento bien y hay algo que me hace sentir tranquilidad. Veo todo bien, siento que las cosas están correctas y son acogedoras, como si todo saliera bien sin importar cosas que deben preocupar. Eso está bien y no quiero buscar mucho las razones, me basta con sentirme así.

Los días lluviosos me ponen de buen humor, y empiezo a sentir de nuevo esa sensación de invierno agradable. De invierno de recuerdos buenos, de sensaciones cálidas. La verdad es que ando un poco escasa de recuerdos últimamente, de recuerdos que valgan la pena de verdad. Así que no me importa crear unos cuantos nuevos, sobre todo momentos felices de esos que quisiera visitar en un pensadero.
Hoy también quise quitarme mis limitaciones, mis prohibiciones propias. Me he dado cuenta de que estar frustrado o reprimir cosas en la vida crea problemas y bloqueos mentales. Debemos hacer aquello que deseemos, aunque no esté bien/correcto en el tiempo, o no sea aquello a lo que debemos dedicar nuestras energías. Además, si lo haces, te quitarás esa pequeña espina, y dejas de pensar tanto en cuánto quieres hacer eso porque ya lo has hecho, para continuar con tu vida. Así que... Desahoguémonos, quitémonos de encima las tareas pendientes (las que deseamos, son divertidas, nos entretienen), y así podremos avanzar con más cosas y sentirnos felices. Eso pienso.

Otros problemas mentales o psicológicos siguen sin arreglo. Anoche tuve un sueño muy solitario, en el que todo el mundo me daba de lado. Cosas tristes, y de esa sensación que tengo a veces con gestos muy pequeños de las personas que me dan ganas de alejarme para siempre jamás. En el sueño, yo al final cogía un avión que había esperando. Un avión de pasajeros, que sin embargo al entrar parecía muy pequeño y con pocos asientos como si fuera un autobús. Recordado en mi mente era magnífico, daba miedo subirse a ese trasto, pero lo bien montado que estaba. Mi imaginación creando cosas bonitas que no sé inventar cuando estoy despierta.
Recuerdo la sensación al despegar. Me había sentado en medio, ni muy atrás ni muy delante del avión porque quería tener la falsa sensación de estar en un avión de verdad, y delante se veía a los pilotos trabajando, y una vista de las nubes frontal muy peculiar y que nunca he podido ver en un avión. Pero me daba vértigo, miedo, una sensación sublime no agradable. Las alas temblaron en el aire, cualquier corriente de viento parecía notarse y pensé que nos íbamos a estrellar. El avión fue en picado y por un solo instante pensé que efectivamente controlaba yo el sueño, y que mi imaginación iba a hacer que se estrellara. Y me solté de la mano del miedo y pensé que me daba igual. No me importaba estrellarme. Así que el avión no se estrelló, y siguió volando. Era incluso agradable. Había azafatas simpáticas que servían una versión muy reducida de los tentempiés que suelen verse en un avión. Mirar el cielo y las ciudades era cómodo. Mientras estás viajando la vida se paraliza, y no puedes hacer otra cosa que disfrutar del viaje. La sensación de soledad también se paralizaba en el tiempo, y ya la retomaría al llegar a tierra. Por ahora sólo estaban las nubes, las sonrisas de las azafatas, la tranquilidad de las pocas personas en ese avión pequeño, murmurando conversaciones cotidianas, dormitando, el sonido de sus cabezas pensando.
Sentía que podía prolongar ese regreso a casa durante horas.


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