Los minutos en este trance al que llamamos mundo se hacen agónicos cuando pienso en el potencial humano, en la creatividad, en la imaginación. Y me pregunto, al igual que de los recuerdos, por qué disponemos de una habilidad que nos hace sufrir tanto. Aún más cuando nos venden que eso nos hace felices. No me hace feliz imaginar mundos fantásticos, si me emociono y a veces lloro porque no podré alcanzarlos. No me siento feliz si pienso en el pasado, en personas que me hicieron feliz, en historias que quedaron a medias, sin sentido, sin "moraleja". Lo sé porque ahora mismo casi todo me hace llorar; el pasado, el presente, el futuro... No puedo imaginar nada bueno porque o bien no me lo creo, o bien es demasiado perfecto y viene implícito que es imposible conseguirlo.
Lo peor son las cosas que creo. Cosas que "no están mal", pero que, no nos engañemos, en realidad son un poco deprimentes, y necesitan además de muchísimo esfuerzo.
No tengo ganas de nada, no quiero una vida humana sin magia, sin posibilidades, sin sueños. Se me evaporan las fuerzas cuanto más lejos huye mi imaginación y mis necesidades de despegar del suelo. Todavía no es tarde, me digo, para hacer algunas cosas que de mágicas no tienen nada pero que sin embargo me proporcionarían, al menos, algo de adrenalina.
Me da miedo estar quedándome sin tiempo, sin tiempo para poder hacer lo que quiero y que salga bien, para todas las partes. Tengo una angustia existencial que me frena en casi todos los niveles, y tampoco estoy segura lo suficiente de quién soy para sentirme buena para eso. Y es que quizá me decepciona más eso de mí misma que de las cosas que puedo o no encontrar. Quién soy yo para pedir nada a las personas, hay días que no quiero levantarme.
domingo, 30 de agosto de 2015
miércoles, 26 de agosto de 2015
Puertas que no escogí
«Siempre he visto la vida como una serie de puertas. A veces logras escoger la puerta que atraviesas, a veces no tienes esa opción; pero aun así, tienes que atravesarla. Así que, o vas dando patadas y llorando, o caminas y la cruzas con la cabeza en alto.»
Supongo que a veces es inevitable cruzar algunas puertas llorando y aferrarnos al pasado. Aferrarnos a nuestro momento feliz, conservar la cordura fingiendo un poco de locura y tratar de no vernos desprovistos de golpe de todo. No me importa si no es algo sano, creo que mi subconsciente me protege, me aleja de cosas horribles en las que no quiero pensar, defiende mi mente de la tristeza, de la angustia agonizante, de la locura que deja demacrados los ojos y la garganta afónica. Aun así, no es capaz de librarme de los sueños, ni de las noches en vela.
He soñado cosas que me han hecho reflexionar acerca de mi propia ética, mis sentimientos y mi modo de pasar por ciertos momentos. No me importa no saber si los sueños son cosas que ya sabemos o si algo mucho más sabio desde lo más profundo de nosotros lo envía para que seamos conscientes de ello, el caso es que aprendo tanto con mis sueños.
Una vez soñé que las personas que amo y que ya no están conmigo me enviaban un mensaje por televisión, como si fueran reporteros de un telediario normal. No sé bien de qué hablaban porque utilizaban un lenguaje demasiado avanzado para mí, sólo podía fijarme en esas letras de abajo donde se incluyen el nombre de la persona y el lugar desde el que está retransmitiendo. Pero incluso eso, estaba en un lenguaje e incluso en carácteres que no podía reconocer. Sólo pude distinguir algo como "fase 5", y supuse que sería algún lugar de transición entre la muerte y lo que llamamos vida. Me vi desesperada por resolver el enigma, ese enigma que ningún humano debe resolver vivo, pero que me atormenta tanto todos los días, cada pregunta, cada segundo que no comprendo. Y como en un sueño premonitorio, me vi a mí misma buscando lo mismo y del mismo modo que hice en mi sueño en la vida real cuando estuve despierta. Y los primeros resultados me hicieron caer como si mi cuerpo fuera de plomo. "Aceptación", la quinta fase del duelo. No se me había ocurrido pensarlo hasta ese momento. Habría deseado tanto leer leyendas sobre tipos de cielo o fases astrales de estados de consciencia superior, algún tipo de teoría metafísica que me mantuviera ocupada, trabajando y con la mente a cien de inspiración. Y sin embargo aquella pequeñísima palabra significó de lleno todo mi mundo. La aceptación no como la resignación ante las puertas que cruzamos, sino como el estoicismo sabio del que hablaba Marco Aurelio. El filósofo estoico de los helenos, el ser consciente de sí mismo y capaz de lograr la imperturbabilidad del alma ante todo el conocimiento que posee de la naturaleza de las cosas, de sí mismo, y de aquello que está más allá.
Conocimiento. Bueno, el conocimiento no es exactamente verdad ni fe. Conocimiento es algo que se aprehende con el alma. En el final, las puertas que no he escogido me han llevado ante las puertas adecuadas, puertas que sí he escogido. Toda mi vida, todo mi ser ha estado y está impregnado de deseo de conocimiento. Conocimiento, no leyes humanas o de la Tierra. Conocimiento sobre el alma.
Es una puerta dolorosa que cruzaré con la cabeza en alto.
lunes, 24 de agosto de 2015
Hechos y Opiniones
Ayer volví a estar con mis dos amigos de la adolescencia después de tantísimo tiempo. Nos habíamos visto por separado, pero los tres juntos no nos reuníamos por lo menos desde hacía siete años. Me sigue resultando increíble el paso del tiempo...
Me encantan los contrastes, pero aún me gusta más ver lo poco que cambian algunas cosas. Las personas, la esencia. Me gusta ver que hay matices, pero se respeta la estructura del mundo, como si todo fuera una casa a reformar para que fuera mejor. Quisiera creer que así es como va mi vida. Que a veces está hecha un desastre y hay escombros por todas partes y resoplo, y se me quitan las ganas de arreglar o limpiar nada. Pero es lo que ocurre en todas las reformas, hay un gran momento de caos, de cosas tiradas por el suelo, y todo forma parte del proceso para convertir el espacio en un lugar mejor. Es duro pero cuando se arreglan los agujeros, y se reorganizan los muebles, se limpia el suelo y se tira lo que ya no es necesario, de repente nos inunda la paz y sabemos que hemos hecho bien, que no nos arrepentimos, que es el cambio que necesitábamos.
Entonces podemos descansar y aunque nos sintamos en un espacio nuevo, conservamos la sensación de estar en casa. Porque sigue siendo nuestra casa, sólo que mejorada.
Aunque todo esté lleno de escombros y mi corazón lleno de agujeros, quiero seguir mejorando mi vida, cerrarme menos a los cambios y a las personas, dejar de pensar... "ha cambiado, ya todo será diferente", sin pensar que diferente no es sinónimo de peor. Diferente es lo que necesito. Abrazar los cambios, aunque sean dolorosos, aunque eche de menos mis paredes...
Seguro que pronto todo estará arreglado.
Me encantan los contrastes, pero aún me gusta más ver lo poco que cambian algunas cosas. Las personas, la esencia. Me gusta ver que hay matices, pero se respeta la estructura del mundo, como si todo fuera una casa a reformar para que fuera mejor. Quisiera creer que así es como va mi vida. Que a veces está hecha un desastre y hay escombros por todas partes y resoplo, y se me quitan las ganas de arreglar o limpiar nada. Pero es lo que ocurre en todas las reformas, hay un gran momento de caos, de cosas tiradas por el suelo, y todo forma parte del proceso para convertir el espacio en un lugar mejor. Es duro pero cuando se arreglan los agujeros, y se reorganizan los muebles, se limpia el suelo y se tira lo que ya no es necesario, de repente nos inunda la paz y sabemos que hemos hecho bien, que no nos arrepentimos, que es el cambio que necesitábamos.
Entonces podemos descansar y aunque nos sintamos en un espacio nuevo, conservamos la sensación de estar en casa. Porque sigue siendo nuestra casa, sólo que mejorada.
Aunque todo esté lleno de escombros y mi corazón lleno de agujeros, quiero seguir mejorando mi vida, cerrarme menos a los cambios y a las personas, dejar de pensar... "ha cambiado, ya todo será diferente", sin pensar que diferente no es sinónimo de peor. Diferente es lo que necesito. Abrazar los cambios, aunque sean dolorosos, aunque eche de menos mis paredes...
Seguro que pronto todo estará arreglado.
viernes, 21 de agosto de 2015
Carpe
La idea del tiempo (no puede ser otra cosa que una idea), me atrapa en laberintos mentales de aquello que no existe, o en lo que todavía no existe. Tampoco sé si puedo valorar el presente de otra forma que pensando en el futuro o en el pasado. Sobre todo en el futuro... Por pensar en que las cosas no van a durar, en que incluso aunque tuviera todavía a las personas que quiero conmigo, las sensaciones, los momentos, todos los recuerdos, ya no serán igual. Siempre intento apreciar lo que son las cosas ahora aunque a veces no pueda evitar pensar en el pasado.
Ya no lo hago tanto como antes, desde luego. Me entristece pensar en la cantidad de cosas que estoy perdiendo, que estoy olvidando. Acostumbrada desde niña a guardar cada trocito casi obsesivamente para recordarlo tal como era... Conversaciones, frases, fotografías, diarios, vídeos con amigos...
Me veo y no me reconozco. Sé que soy yo, que también estaba llena de inseguridades, que también estaba seria, que también se sentía sola. Pero desde aquí, me es muy difícil no sentir nostalgia. La misma sensación me recorre a veces cuando observo un álbum de fotos de la familia y me veo tan pequeña, de cosas de las cuales no recuerdo casi nada. De mi mirada, de cómo razonaba acerca de las cosas por dentro, y me entra una sensación muy extraña de pensar que antes era mucho más sabia.
Me alegro de ser quien soy ahora, pese a todas las cosas. Todos los errores, cantidades de situaciones y recuerdos que aún hoy me avergüenzan. Algunas cosas que hice que al pensar en ellas hacen que me tape la cara inconscientemente. También me siento orgullosa de otras cosas, cosas pequeñas que simbolizan mucho para mí, y que yo sé que están ahí, incluso aunque a veces no las recuerde. O incluso aunque sea la única que las recuerde.
Todas esas mañanas y tardes en autobús pensando y mirando las calles lluviosas consciente de que yo iba a ser la única que se quedará para siempre, preparándome, mentalizándome. Todos los días en que preferí estar sola porque no me quedaban fuerzas para seguir "apreciando el momento". Todas las noches que me quedé escribiendo hasta que saliera el sol. Todos los momentos en que he podido estar sola con otra persona sin invadir nuestro espacio.
Estos días ya me he permitido estar ausente. Tengo que volver a mi trabajo diario de apreciar todo lo que hay en mi vida.
Ya no lo hago tanto como antes, desde luego. Me entristece pensar en la cantidad de cosas que estoy perdiendo, que estoy olvidando. Acostumbrada desde niña a guardar cada trocito casi obsesivamente para recordarlo tal como era... Conversaciones, frases, fotografías, diarios, vídeos con amigos...
Me veo y no me reconozco. Sé que soy yo, que también estaba llena de inseguridades, que también estaba seria, que también se sentía sola. Pero desde aquí, me es muy difícil no sentir nostalgia. La misma sensación me recorre a veces cuando observo un álbum de fotos de la familia y me veo tan pequeña, de cosas de las cuales no recuerdo casi nada. De mi mirada, de cómo razonaba acerca de las cosas por dentro, y me entra una sensación muy extraña de pensar que antes era mucho más sabia.
Me alegro de ser quien soy ahora, pese a todas las cosas. Todos los errores, cantidades de situaciones y recuerdos que aún hoy me avergüenzan. Algunas cosas que hice que al pensar en ellas hacen que me tape la cara inconscientemente. También me siento orgullosa de otras cosas, cosas pequeñas que simbolizan mucho para mí, y que yo sé que están ahí, incluso aunque a veces no las recuerde. O incluso aunque sea la única que las recuerde.
Todas esas mañanas y tardes en autobús pensando y mirando las calles lluviosas consciente de que yo iba a ser la única que se quedará para siempre, preparándome, mentalizándome. Todos los días en que preferí estar sola porque no me quedaban fuerzas para seguir "apreciando el momento". Todas las noches que me quedé escribiendo hasta que saliera el sol. Todos los momentos en que he podido estar sola con otra persona sin invadir nuestro espacio.
Estos días ya me he permitido estar ausente. Tengo que volver a mi trabajo diario de apreciar todo lo que hay en mi vida.
domingo, 16 de agosto de 2015
En su pequeñita, dulce y eterna memoria
No sé aún si estoy preparada para hacer esto. Por un lado pienso que no soy capaz de hablar de ello con otras personas porque sé que ellos no comprenden lo que significa para mí. Aunque no digan nada, aunque fueran los mejores actores del mundo, aunque no movieran ni un ápice de su rostro, ni se desplazara una sola de las células de sus ojos, yo lo sé por dentro. Porque nadie ha querido tanto ni querrá a un ser como yo.
Ella ha sido la mayor compañía que yo haya tenido jamás. Acostumbrada a ver marchar a la gente, mi mente no paraba de negar este hecho una y otra vez hasta que se me saltaban las lágrimas, cuando aún ella estaba en mis brazos, cuando me sonreía, cuando me recibía y se esfumaban mis pensamientos negativos. Tan ajena a todo, tan pura, tan ignorante del mal que asola este mundo, pero perfectamente consciente del estado de ánimo de los demás, de cuando mi mente iba a estallar de tristeza, de cuando lloraba sin lágrimas porque ya no me quedaban. Ella era la representación más pura de amor que jamás he visto y veré en mi vida.
Siempre pensé que estaría conmigo mucho más, que tendría que vivir pero vivir bien. Me torné un poco exigente. Cuando vi que ella tenía algún problema ya se me empañaban los ojos, no de pensar en perderla, porque sabía que eso no ocurriría todavía, sino de pensar que mi egoísmo por retenerla a mi lado podría tener como resultado que su vida fuera a peor. Que tuviera dolores, que estuviera incómoda, y, por Dios, que se pusiera triste por no poder hacer las mismas cosas que había podido toda su vida.
Aún así, nunca quise apartarme, y nunca quise pensar en un contador. Pero valoré cada minuto, cada segundo, cada instante con ella como si fuera a ser el último constantemente. Nunca había vivido algo así. Jamás he mirado a alguien a los ojos tan intensamente valorando su presencia efímera, perfectamente conocedora de que nada es eterno, excepto este tipo de amor que es imborrable, que no se empaña con nada, absolutamente.
Esa reflexión del amor me ha hecho bajar la guardia. Siempre pensé que cuando ella se marchara querría que todos los demás se marcharan de mi alrededor. Quería gritar y que me dejaran sola. No, quería enmudecer. Enmudecer para siempre y que nadie volviera a oír mi voz si no se volvía a oír la de ella. Pero he comprendido muy pronto lo horrible, terrible, desolador que es en el mundo la inexistencia del perdón en las personas, de ser incapaces no de olvidar, sino de dejar de sentir rencor ni apartar a alguien para siempre sólo porque nuestro código no lo incluyó en nuestra genética como para perdonarle sus fallos humanos. Desechamos a las personas cuando cometen algún error, pensando que el mundo está superpoblado de ellas y despreciando la exclusividad de cada una, mientras la otra parte se desgarra pensando en que ojalá existiera una máquina para desconocerse y volver a conocer a una persona de nuevo y tener otra oportunidad para "no ser tan humano" esta vez.
Hace un tiempo dije que la empatía se había extinguido en el mundo. Pero tal vez sea el perdón antes que ésta. El perdón es algo voluntario, es algo doloroso y difícil, que requiere examen, autoanálisis, consciencia de uno mismo. Pero el perdón requiere empatía, ninguno puede convivir sin la otra. El pensamiento siempre provoca juicios de uno u otro modo y alcanza límites inaccesibles para la comunicación humana del dolor. La empatía es, para ello, una aproximación, pero jamás sabremos cuánto ha sentido el otro, cuánto ha sufrido, cuánto ha amado, o el desconocimiento de sus verdaderas intenciones en sus acciones.
Cuando vi todo esto me sentí horriblemente peor, no sé bien explicar por qué. O tal vez sí. Creí que el hecho de que ella se marchara ahora, tan rápido, sin estar preparada, era algún tipo de castigo o de "enseñanza". Que su muerte significaba cosas que yo necesitaba aprender y sentir. Y me sentía horriblemente culpable por no alcanzar a comprender la dimensión teórica de todo esto y haber necesitado algo tan trágico y tan doloroso para mí para aprenderlo de una vez por todas.
Sin embargo, ahora estoy algo más calmada. Me alivia el modo en que sucedieron los acontecimientos, por ella, para ella, para su bienestar, por su manera... incluso metafísica de abandonar este mundo. Pero sobre todo doy gracias por estar dejando atrás ese modo de ser que me hacía tan infeliz, tan fría, la desconfianza, las ganas de destruir el mundo por no comprender nada. Sigo y seguiré existencialmente angustiada, porque además creo que es algo inherente a casi cualquier ser humano que aprecie la belleza de la verdad de este mundo; empero no del modo cerrado hacia mí misma y a lo demás que me hacía olvidarlo todo absolutamente y no reparar en quién había sido yo, o en quién me estaba convirtiendo.
Jamás podré dejarla.
Siento que haberse marchado simboliza tanto que cambia en mí. Es como la muerte de mi infancia. Es el fin de una etapa tan dura de dejar... No conozco otra cosa que tenerla en mi vida. Que pensarla, que saber que está bien. Ella era mi bebé. Un bebé eterno al que tenía que cuidar y al que nadie jamás ha dado más amor del que pude darle yo. Cuando otros hablan de protección, de cuidar a alguien o incluso de paternalidad nunca puedo comprender esos sentimientos a no ser que piense en ella en mis brazos. En cómo la protegería de cualquier mal de este o de otros mundos. En cómo me transformaba en un animal furioso y fuerte, capaz de todo, sólo de pensar en que alguien pudiera causarle el menor mal. Ahora ese animal se me ha quedado dentro, moribundo, ahogado. Tengo un agujero en el pecho tan grande que a veces pienso que se me va a desmontar el cuerpo. Cuando llegó ella estaba sola, deprimida y triste por haber sido separada de su madre. Yo la rescaté de la tristeza y entre todos le dimos una familia, ella se transformó en nosotros, en una más. Pero realmente quien me rescató fue ella, y nunca podré agradecer lo suficiente todo lo que ha hecho por mí, toda la felicidad que me ha aportado, la ternura que me ha enseñado a sentir, el amor que nos daba a todos, su forma de animar cualquier lugar con su sola presencia, y tantos... tantísimos recuerdos geniales que tengo para siempre. Dios mío... Eres lo más puro que he podido experimentar nunca.
Lo único que me calma es una sensación a la que no sé darle explicación alguna, pero me alivia. Siento que no se ha ido, siento que simplemente ella no está aquí. Pero que no le ha ocurrido nada. Lo siento en el aire, lo siento al irme a dormir. Sigo poniéndome horriblemente triste por la costumbre de llevarla en brazos hasta la cama. Pero siento que no lloro por ella, que estoy llorando por mí. Lloro por mí porque la echo de menos, porque soy egoísta, porque no soy feliz. Pero sé que ella sigue, que vivió la más feliz y tranquila de las vidas, que no conoció jamás el mal, que nunca tuvo sufrimiento alguno, que estuve a su lado y se sintió arropada, incluso en el momento de marcharse.
Ahora sólo tengo que sostener con los brazos mi pecho hasta que se cierre el agujero enorme que me ha quedado en el corazón.
Ella ha sido la mayor compañía que yo haya tenido jamás. Acostumbrada a ver marchar a la gente, mi mente no paraba de negar este hecho una y otra vez hasta que se me saltaban las lágrimas, cuando aún ella estaba en mis brazos, cuando me sonreía, cuando me recibía y se esfumaban mis pensamientos negativos. Tan ajena a todo, tan pura, tan ignorante del mal que asola este mundo, pero perfectamente consciente del estado de ánimo de los demás, de cuando mi mente iba a estallar de tristeza, de cuando lloraba sin lágrimas porque ya no me quedaban. Ella era la representación más pura de amor que jamás he visto y veré en mi vida.
Siempre pensé que estaría conmigo mucho más, que tendría que vivir pero vivir bien. Me torné un poco exigente. Cuando vi que ella tenía algún problema ya se me empañaban los ojos, no de pensar en perderla, porque sabía que eso no ocurriría todavía, sino de pensar que mi egoísmo por retenerla a mi lado podría tener como resultado que su vida fuera a peor. Que tuviera dolores, que estuviera incómoda, y, por Dios, que se pusiera triste por no poder hacer las mismas cosas que había podido toda su vida.
Aún así, nunca quise apartarme, y nunca quise pensar en un contador. Pero valoré cada minuto, cada segundo, cada instante con ella como si fuera a ser el último constantemente. Nunca había vivido algo así. Jamás he mirado a alguien a los ojos tan intensamente valorando su presencia efímera, perfectamente conocedora de que nada es eterno, excepto este tipo de amor que es imborrable, que no se empaña con nada, absolutamente.Esa reflexión del amor me ha hecho bajar la guardia. Siempre pensé que cuando ella se marchara querría que todos los demás se marcharan de mi alrededor. Quería gritar y que me dejaran sola. No, quería enmudecer. Enmudecer para siempre y que nadie volviera a oír mi voz si no se volvía a oír la de ella. Pero he comprendido muy pronto lo horrible, terrible, desolador que es en el mundo la inexistencia del perdón en las personas, de ser incapaces no de olvidar, sino de dejar de sentir rencor ni apartar a alguien para siempre sólo porque nuestro código no lo incluyó en nuestra genética como para perdonarle sus fallos humanos. Desechamos a las personas cuando cometen algún error, pensando que el mundo está superpoblado de ellas y despreciando la exclusividad de cada una, mientras la otra parte se desgarra pensando en que ojalá existiera una máquina para desconocerse y volver a conocer a una persona de nuevo y tener otra oportunidad para "no ser tan humano" esta vez.
Hace un tiempo dije que la empatía se había extinguido en el mundo. Pero tal vez sea el perdón antes que ésta. El perdón es algo voluntario, es algo doloroso y difícil, que requiere examen, autoanálisis, consciencia de uno mismo. Pero el perdón requiere empatía, ninguno puede convivir sin la otra. El pensamiento siempre provoca juicios de uno u otro modo y alcanza límites inaccesibles para la comunicación humana del dolor. La empatía es, para ello, una aproximación, pero jamás sabremos cuánto ha sentido el otro, cuánto ha sufrido, cuánto ha amado, o el desconocimiento de sus verdaderas intenciones en sus acciones.
Cuando vi todo esto me sentí horriblemente peor, no sé bien explicar por qué. O tal vez sí. Creí que el hecho de que ella se marchara ahora, tan rápido, sin estar preparada, era algún tipo de castigo o de "enseñanza". Que su muerte significaba cosas que yo necesitaba aprender y sentir. Y me sentía horriblemente culpable por no alcanzar a comprender la dimensión teórica de todo esto y haber necesitado algo tan trágico y tan doloroso para mí para aprenderlo de una vez por todas.
Sin embargo, ahora estoy algo más calmada. Me alivia el modo en que sucedieron los acontecimientos, por ella, para ella, para su bienestar, por su manera... incluso metafísica de abandonar este mundo. Pero sobre todo doy gracias por estar dejando atrás ese modo de ser que me hacía tan infeliz, tan fría, la desconfianza, las ganas de destruir el mundo por no comprender nada. Sigo y seguiré existencialmente angustiada, porque además creo que es algo inherente a casi cualquier ser humano que aprecie la belleza de la verdad de este mundo; empero no del modo cerrado hacia mí misma y a lo demás que me hacía olvidarlo todo absolutamente y no reparar en quién había sido yo, o en quién me estaba convirtiendo.
Jamás podré dejarla.
Siento que haberse marchado simboliza tanto que cambia en mí. Es como la muerte de mi infancia. Es el fin de una etapa tan dura de dejar... No conozco otra cosa que tenerla en mi vida. Que pensarla, que saber que está bien. Ella era mi bebé. Un bebé eterno al que tenía que cuidar y al que nadie jamás ha dado más amor del que pude darle yo. Cuando otros hablan de protección, de cuidar a alguien o incluso de paternalidad nunca puedo comprender esos sentimientos a no ser que piense en ella en mis brazos. En cómo la protegería de cualquier mal de este o de otros mundos. En cómo me transformaba en un animal furioso y fuerte, capaz de todo, sólo de pensar en que alguien pudiera causarle el menor mal. Ahora ese animal se me ha quedado dentro, moribundo, ahogado. Tengo un agujero en el pecho tan grande que a veces pienso que se me va a desmontar el cuerpo. Cuando llegó ella estaba sola, deprimida y triste por haber sido separada de su madre. Yo la rescaté de la tristeza y entre todos le dimos una familia, ella se transformó en nosotros, en una más. Pero realmente quien me rescató fue ella, y nunca podré agradecer lo suficiente todo lo que ha hecho por mí, toda la felicidad que me ha aportado, la ternura que me ha enseñado a sentir, el amor que nos daba a todos, su forma de animar cualquier lugar con su sola presencia, y tantos... tantísimos recuerdos geniales que tengo para siempre. Dios mío... Eres lo más puro que he podido experimentar nunca.
Lo único que me calma es una sensación a la que no sé darle explicación alguna, pero me alivia. Siento que no se ha ido, siento que simplemente ella no está aquí. Pero que no le ha ocurrido nada. Lo siento en el aire, lo siento al irme a dormir. Sigo poniéndome horriblemente triste por la costumbre de llevarla en brazos hasta la cama. Pero siento que no lloro por ella, que estoy llorando por mí. Lloro por mí porque la echo de menos, porque soy egoísta, porque no soy feliz. Pero sé que ella sigue, que vivió la más feliz y tranquila de las vidas, que no conoció jamás el mal, que nunca tuvo sufrimiento alguno, que estuve a su lado y se sintió arropada, incluso en el momento de marcharse.Ahora sólo tengo que sostener con los brazos mi pecho hasta que se cierre el agujero enorme que me ha quedado en el corazón.
Phoebe
