viernes, 24 de septiembre de 2010

Mi tesoro...

Mateo dijo: No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. 
Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Entonces una persona se para a preguntarse... ¿y qué cosa puedo atesorar, que perdure para siempre en mi propio cielo?
Ni mis recuerdos. Ni mis seres queridos. Ni lo que alcancé, lo que luché, lo que lloré, lo que perdí y luego recuperé con todas mis fuerzas.

A veces me pregunto si es cierto que no somos más que alma.
Eso es al menos lo que creo. Y si es cierto que no podemos apegarnos a nada, ¿acaso no nos hace feliz otro alma? Con otra cara u otro nombre... Con otra personalidad y otra presencia... Con otro sexo y otro pensamiento.
Si ese ser se esconde tan bien, ¿cómo vamos pues, a dar con él?

Sintiéndolo... es lo que se suele pensar.
Pero yo siento... y no siento nada. Sé algunas cosas pero me equivoco. Siento cosas muy profundas y verdaderas, pero ¿y si no fuese ese el sentimiento?
No me queda pues, más que esperar... y el tiempo me dirá si es esa la sensación verdadera. Si mi alma ama de verdad a ese otro alma. Si mi corazón atesora parte de ella...


No me queda más que seguir, en esta terrenal existencia. Con los pies sobre esta tierra sé que no debo temer ni desfallecer. Y que los golpes del destino no serán más que lo que me aparten de al lado lo que no necesito. Así pues... ¿debemos hacer algo realmente, para que vuelva ese alma?

Mi tesoro...
me paro a pensar, y tras cavilar un rato, mi mayor tesoro. El que estará en mi cielo y en mi corazón...

Mi tesoro... es todo el amor profesado.

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