Cuánto más salen las voces de mi cabeza, peor me siento. Me gusta que estén dentro, que no hablen, que piensen. Porque cuando hablo mucho, a veces siento que todos los pensamientos basura salen y tienen más peso que aquellos que son útiles. Hablar debería ser breve, a no ser que estemos concentrados. O tal vez me siento así porque nadie realmente escucha. Quizá... Tengo esa terrible obsesión de calificar las cosas en función de la importancia que le dan los demás. Quizá no, sé que es así, y me pone de los nervios.
A estas alturas debería saber ya que nada importa fuera de mi cabeza, que ser consciente es único. Sobre todo cuando hablan esas voces dormidas, como respuesta a una persona no dormida. No piensan, no les interesa. Móviles, contactos, acción. Verdaderamente odio la época en la que me ha tocado vivir. No. Odio el mundo en el que me ha tocado vivir. Odio que no sean nada emocionales las personas, odio las desigualdades, odio el desamor y el desconcierto. Odio que intentéis que todo el mundo sea como vosotros. Fríos, amargos y desérticos.
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