Un maestro es aquel que nos guía. Es un mentor que hace que tú mismo te des respuesta. Algunas culturas y pensamientos dicen que un maestro sólo se convierte en lo que es cuando abandona la vida. Cuando está en otro plano, cuando ya sabe lo que es morir. De algún modo siento a algunas personas en vida cuando sé que van a ser maestros. Cuando ya lo son un poco, cuando están imbuidos de ese algo que pocas personas tienen.
Recuerdo que era muy pequeña cuando fui a ver mi primera película de Star Wars al cine. Acababa de cumplir seis años y mi padre era un gran fan de la saga. Supongo que ese día, allí en el cine con toda su familia, debió sentirse tan emocionado como me sentí yo ayer. Después de tantos años, algo tan épico y con tantos sentimientos regresa, una atenuación en las luces, un silencio, una sencilla frase... y una música que suena y levanta los vellos de punta. En ese entonces yo no lo supe, pero acababa de empezar a ser fan de Star Wars. Y ayer, en el estreno de la "nueva era", no he podido parar de pensar en mi padre. En que estas él ya no las vería, y en que debió sentirse parecido a mí, que con la tensión y la emoción que sentía no pude darme cuenta de que llevaba un rato agarrada con fuerza a la silla.
Un maestro es aquel que ya ha logrado erradicar su rabia, su miedo y su odio, y piensa con calma. A veces cuando veo a ciertos personajes pienso en cómo deberían actuar, lo fácil que debería ser, cómo actúo yo, y lo difícil que en realidad resulta... Los sentimientos nos embriagan, por todas partes, como poderosos perfumes de invierno. Sentimientos resistentes al frío, la lluvia y la nieve, y a veces hay que expresarlos por muy negativos que sean. Y es curioso porque en lo que llamamos "vida física" a menudo veo muchas manifestaciones de mi padre. En mí, en mi hermano. A veces grito o maldigo algo y me recuerdo a él, y aunque son cosas que no me gustan, luego recuerdo el lado bueno. Ese calmado, ese sabio, ese extraño y mágico. Quizá no haya perdido aún esa esencia, aquél es un perfume que no me gustaría despistar.
Hoy una amiga me dijo con emoción que le gustaba que le enseñara y descubriera cosas que nunca antes habría podido alcanzar sola, y algo en mí brilló con esperanza. Hacía mucho tiempo que no sentía que de verdad le enseñara algo a alguien, o que hubiera algo en mí de alguna utilidad. Me gustaría saber distinguir el conocimiento de la sabiduría, la atracción de la belleza... O cómo ordenar mi mente para hablar de aquello de lo que debería hablar, y pensar acerca de aquello que debería pensar.
Han pasado dieciséis años desde el estreno de aquella película. Ojalá mi maestro no me abandone jamás.
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