Nunca me he considerado a mí misma una persona supersticiosa. No al menos en el modo en que una persona normal, e incluso sensata, lo haría. Todos tenemos nuestras manías y costumbres, nuestras excentricidades mentales. Aunque la mayor excentricidad que hay en mí es no saber nunca lo que voy a pensar al minuto siguiente.
Hoy me siento dolorida, de cuerpo y de mente. No puedo dormir porque estoy cansada, y además triste, extraña. Bueno, no sé si triste es el término, realmente nunca lo es. Pero hoy es aún menos. No me siento infeliz, ni nada parecido, pero noto... cuando me acerco al pensamiento, una escalofriante soledad. Soledad de pensamiento, de inquietud, de seguridad, o inseguridad. Me siento al borde de los sueños ridículos, esos que no puedes contar. Pero que te dejan confuso y en un mundo extraño, como si hubiera sido una pesadilla. ¡Ah! La locura enfermiza del subconsciente. Cuando aflora en la consciencia, en cualquier momento del día y sin ser prevista, realmente resulta aterradora. Me afano en huir de esos momentos, no porque piense que me aleje. Más bien pienso que esos momentos ridículos me acercan más a este mundo estremecedor y loco, y yo no quiero formar parte de eso.
¿Acaso no es bastante con verme a mí misma aceptando socialmente las mordaces ironías de la inexistente moralidad que nos rodea? ¿Las carencias de lazos afectivos realmente satisfactorios, los denuedos con los que se ejecuta el ejercicio de la compasión y la comprensión?
Mi mente nada en cosas perversas, en la lejanía del honor, de la justicia y de la integridad me siento como una desconocida. Pero eso es sólo por no verme envuelta también en trajes de hipocresía cotidiana. ¿He de aceptar que he caído entonces en la locura por permitir que me miren con ira los que piensan lo mismo, o incluso peor que yo? La única diferencia es que... ya no me importa. Decir lo que pienso está dejando de ser una necesidad para mí, y pronto seré otra completamente para otros. Y pronto, de no ver ningún ejemplo de lealtad o algo parecido al honor, éstos serán conceptos ocultados, enmohecidos, enmudecidos en la conciencia de aquel que no debe saber, y sin embargo, sufre por no haber sabido.
Mi mente encontrará su propia amiga, y yo aprenderé a tener la boca cerrada más tiempo.
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