viernes, 19 de mayo de 2017

Muchos hechos

Me levanté esta mañana, pensé en lo que había soñado de camino a la cocina. Esa mezcla de infelicidad y a la vez un conformismo culpable, como un morbo secreto de desear continuar con la desgracia, transformándola en deseo. A penas me había conseguido preparar el té cuando ya me estaban llamando. Se abrió un túnel del tiempo y me absorbió por completo, con mi pelo alborotado en una trenza deshecha y mi expresión de agotamiento poniendo los ojos en blanco.

Sus caras estaban serias, con un atisbo de inseguridad y duda en sus miradas, esquivas, inquietas, como si decidieran en un lenguaje mental secreto quién de ellos hablaría y diría lo que fuera que fuese difícil de contar. Me tomé el té allí de pie antes de que se quedara frío, no soporto el té frío, ni el café, me da asco. Es como si la bebida más placentera del mundo se transformara en la peor mierda inimaginable de otro planeta. Pero qué sabría yo de sabores del mundo, probablemente sólo había visitado noventa y ocho de los sistemas planetarios conocidos.

Cuando por fin desapareció el silencio, escuché claramente lo que me decían. Aquel día tan esperado iba a suceder, por fin. Se habían dado las circunstancias concretas para que eso ocurriera. Llevaban siglos, tal vez miles de años explorando las combinaciones reales en el tiempo, el espacio y la núeter para conseguir lo que hoy (qué término más inconcreto para definir la percepción de un sujeto) habían conseguido.
Me llamaron para completar mi parte, pensé. Al fin y al cabo lo sabía desde hacía mucho tiempo. En cuanto volviera a mi presente, sabría el día, el lugar, la hora, el segundo exacto en el que ocurriría el acontecimiento más importante de todas nuestras vidas. Y, sin embargo, no me perturbó saber que tendría que morir para que fuera posible la Historia.

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