Ayer fue uno de esos días extraños, en los que conectas con alguien de verdad y olvidas todo durante horas. De esos días que se echan de menos, de hacerse de noche en una cafetería, y no querer parar de hablar, de comunicar, de sentirte entero con una persona. De poder ser tú. Esos días extraños que no empiezan nada nuevo ni terminan nada, pero existen, son un regalo. Un premio a la paciencia, a la espera, al callar, al escuchar a otros sin sentirte identificado, parecer solucionado, resuelto de inquietudes ante otros, con sus risas, su jaleo incesante en la mente, su poca convicción y las nubes interrogantes.
Ayer pude decirle a alguien todo lo que sentía hacia las personas, y por qué ya no siento que pueda confiar en ellas. Y fue tan fácil, y tan placentero. Casi no recordaba mi escudo, ni mi casa, ni la hora que era. Me sentí bien, dentro del mal que llevamos dentro, del peso que se nos acumula, sin ninguna intención ni sentimiento nuevo. Alguien me contó cuáles eran sus razones, como de una mutua confesión extraña entre personas que casi ni se conocen. Ninguna queríamos estar en otro lugar, ni actuar de otra forma. Sólo decir de una vez las cosas concisas, sin filtro y sin quedar bien. Expresar de una vez, y sentir cómo somos las personas en realidad, y por qué.
Ayer pisé un escalón invisible, una página que estaba pegada entre otras que dejé atrás. Unas notas aclaratorias, la clave de una partitura y el sino de un material, imperfecto y en bruto. Hablar y escuchar es tan agradable, hablar de verdad.
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