No me considero una persona excepcional escribiendo. Ni leyendo, tampoco. La verdad es que ni siquiera soy excepcional aprendiendo, ni hablando, ni tampoco escuchando. A menudo mi mente divaga por cualquier parte si me reclaman en otro sitio, y siento que no puedo desoír la llamada.
No me considero excepcional esperando, ni comprendiendo, ni siquiera siendo rebelde o pasota. Lo cierto es que no soy excepcional en nada. No tengo ninguna habilidad secreta, ningún as en la manga, ningún contacto poderoso con un gran equipamiento que pueda sacarnos de un río de lava.
Pero lo que no soporto, lo que menos soporto, lo que soy incapaz de abrazar, son esas personas sordas, vacías en sustancia. El eco de esos seres sin gusto musical, ni espiritual, ni terreno, sin abstracción ni estilo ni amor propio. Son los fanáticos, los verdaderos fanáticos de alguien o de algo. Se aferran a alguien y no le sueltan, le envuelven en el brillo incondicional de su dependencia y lo escogen como líder máximo de la totalidad del rumbo en sus vidas. Y me temo que hoy el mundo sólo se divide entre esos fanáticos y los otros. Y entre los otros también hay fanáticos, no muy bien escondidos. Algo más valientes como para fingir, para copiar, para pretender ser los elegidos. Y tal es el mal gusto de este mundo que hasta engañan a los demás fanáticos y se hacen fanáticos del propio fanatismo.
Antes eran los estudiosos, y los religiosos, y los que no luchan. Ahora son los inocentes, los carentes de ética y rebosantes de entusiasmo, humanos de clase F. Humanos que quieren servir a otros humanos, y soñar con el simple hecho de que son felices soñando. A veces me pregunto si de verdad tienen sueños o si los fingen.
Espero que no me consideren excepcional calificando. Tampoco querría ser una de ellos. Pero, dioses, cómo detesto a esos fanáticos.
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