jueves, 19 de enero de 2017

Primigenio

El amor, como la Vida, para producirse y existir deben darse unas condiciones tan exactas, tan precisas, en un medio cuya aptitud sólo surge en uno entre cientos de millones de posibilidades, tan lejano en probabilidad y en un límite que roza lo absurdo.

Y por eso el amor incondicional, a pesar de todo, es condicional. No pueden darse unas circunstancias adversas. Cuando la vida existe ésta puede evolucionar, sobrevivir a la glaciación y al deshielo, pero no puede persistir más allá de las condiciones exactas que le permite su condición de vida. Amor, sustrato de todos los deseos, inquietudes, razones de supervivencia de las especies. Razón de supervivencia de la mente y también de la naturaleza. ¿Condicionamos nosotros algo que es condición para que continuemos con vida? No respirando, no en un vórtice de entropía con el caos y la nada, circuito vacuo en una galaxia en espiral de la que nadie se acuerda. Amor al que nos vemos condicionados por multitud de cambios, de años de peso del aire en nuestras cabezas, de noches que transforman vivencias en recuerdos, de imágenes que resumen lo importante de nuestra existencia, ayudando a nuestro trastorno compulsivo de agrupar la vida en calendarios, órdenes para los que no hemos sido programados en la olla primordial donde se cuecen las vidas de los hombres, de los extintos, de los que callaron, y los que aún hablan en las paredes de cuevas solitarias, ocultas bajo la tierra. Entre la tierra. Sobre ella, como el amor, no podríamos amar al otro con otras intenciones vitales o deseos, del mismo modo en que no podríamos comenzar a respirar fuego.

Las condiciones para la vida son tan remotas, tan precisas, tan exactas. Cuya existencia raya lo absurdo.

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