martes, 9 de febrero de 2010

Ella siempre canta con los ojos cerrados

El clamor de la multitud vuelve a alzarse sobre sus oidos, y ella se alza sobre las manos que, al aire, se mueven en un constante vaivén violento deseosas de que la música volviera a flotar sobre ellas. Vio cabelleras negras, ojos pintados de khol y olor a cigarrillos. La atmósfera estaba cargada con aquella fragancia oscura de los niños perdidos de la noche, que de nuevo se reunían al crepúsculo en aquél local buscando un poco de esencia esperanzadora para sus oscuras vidas.
«Yo también estaría aterrada... Ahora que nadie les dice qué hacer están perdidos. Niños perdidos...»

Ella cruzó el escenario y bajó la mirada, apoyó las manos sobre el micrófono y esperó. El guitarrista melódico arañó la guitarra para desgarrar los primeros sonidos de aquella luna llena. Improvisó un solo que sonó como lágrimas cayendo sobre un lienzo y el público sintió un vuelco en el corazón. A su melodía se sumó su hermana, la otra guitarra. Al unísono tocaban como una misma alma, pero tenían voces diferentes... Los acordes brotaban en el aire como la sangre recorre el cuerpo, reconfortando el alma por cada nota que llegaba a los oidos. Entonces la batería se incorporó y el bajo marcó el ritmo de la balada.
Fue la primera vez que miró al público, ella respiraba muy despacio y a pequeñas bocanadas. Perdió la vista lejos de allí, como si mirara más allá de aquellos niños, más allá de sus vidas oscuras, del pasado de su infancia, de sus atropellados encuentros con el destino que les había otorgado tropiezos de mayor talla...
Miró más allá de la noche, más allá de sus propios recuerdos, y se fundió con la música. Cerró los ojos y su voz salió de su boca dibujando el aire con tinta oscura, bailando en el tiempo con fantasías, jugando con las mentes y abrazando fuerte el alma...

Los niños agitaban sus cabelleras al ritmo constante de aquella música, se fundían en el olor de todas aquellas almas juntas, se cobijaban unos en otros y compartían sus sentidos entre ellos. La frialdad de sus labios, el beso eterno de la tristeza se había posado en sus ojos y no les dejaba respirar...
Pero aquella música les hacía sentirse comprendidos, les hablaba en su mismo idioma. Una chica de pelo ceniza lloró en el público y alzó las manos muy alto, hacia la cantante, y las movió como si quisiera acariciar la música, como si quisiera atrapar las notas que salían de sus labios.
Sus ojos seguían cerrados... estaba en otra parte, estaba cantando en otro lugar. Se le doblaron los dedos de los pies, sintió un cosquilleo en el oído y siguió cantando. Esperó, escuchó las historias que contaban los instrumentos de sus compañeros, y volvió a rasgar el aire con sus sonidos melódicos que fluían como oro fundido. La voz brillaba hendiendo el aire como una espada, y la doblaba, la esparcía, la dividía, hacía un nudo con los acordes y luego los desenredaba como una cabellera suave.
Sentía que era libre entre las páginas de sus recuerdos, de su imaginación, de sus fantasías. Que podía llegar lejos entre los pensamientos, deslizarse por el suelo brillante de la vida y colarse entre las rendijas. Como si fuera aire. Era aire.
Se colaba en los resquicios, en los oídos, en la garganta, entraba por los ojos y salía en forma de lágrimas. Como si fuera agua. Era agua.



Aquella noche, cuando abrió los ojos, despertó en otro lugar.



3 comentarios :

John Michael dijo...

Cuando hay química con los demás músico la música brota como una lágrima que ya se asoma por el ojo. Creo que los has plasmado de puta madre, el subidón, la adrenalina, el corazón que te golpea hasta en la sien... la música calla a las palabras

Anónimo dijo...

un texto precioso. por un momento me he vuelto loca, casi parece que estuviera escuchando las notas, las melodías, esa voz...maravilloso. me ha encantado...

Anónimo dijo...

sobre todo si ese planeta propio se llama cama y está llena de mantas calentitas y cojines mullidos rellenos de plumas. y un chico de ojos oscuros y profundos tumbado a tu lado.

:)