miércoles, 20 de enero de 2010

Pequeñas andanzas

Me acerqué a él sobre aquel empedrado suelo, debajo de uno de los canales que conectaban la ciudad con el casco antiguo. Al lado, en el antiguo cuartel se oían resonar las espadas. El roce del metal contra el metal me habría puesto los vellos de punta anteriormente, pero ya había vivido algunas batallas. Ya conocía el sabor de la sangre en mi boca, ya había caído de rodillas con honor... Y ya había entre chocado el acero con más fiereza que aquellas espadas de práctica.

—Yo también tengo algo para ti —sonreí y empecé a rebuscar entre mis fatriqueras y bolsillos.

—¡A ver! —exclamó él sonriente.

Oshren llevaba unos pantalones de cuero azul oscuro, un jubón rojo con refuerzos e incrustaciones en los hombros, con un tabardo negro encima y un pañuelo rojo que le cubría el cuello y la mitad de la cara. Sus dos espadas, colgadas a cada lado de la cintura, tintinearon con las hebillas de los cinturones cuando se acercó.
Y al fin, la encontré.

—En realidad no está muy bien hecha... sólo es para que la tengas. También me hace ilusión —sonreí tímidamente mostrándole una espada. La primera espada que había forjado, concebida para ser empuñada con la mano derecha. Era un trabajo muy básico, pero el acero estaba afilado y la empuñadura bien compensada. Se trataba de una espada corta y sin mucha parafernalia, pero ya haría otras mejores. A lo largo del metal se podían ver algunas marcas, allí donde el acero había sido plegado y golpeado una y otra vez. Oshren empuñó la espada sonriendo ampliamente.

—¡Gracias! —se quedó contemplándola mientras yo hablaba sobre la espada.

La verdad es que a cualquier artesano le da lástima dejar ir su arte con otra persona... A menudo ocurre con los pintores, con los tatuadores, con cualquier artista que se precie... Al ver que el trabajo le ha quedado bien, que es suyo, hecho de su puño y sus dedos, que ha puesto tanto esfuerzo, cariño y dedicación en ello. Y, sin embargo... probablemente no vuelva a ver ese lienzo, ni lo que sintió mientras lo hacía, jamás en la vida.
Sin embargo, a mí con Oshren no me había sucedido esto. Estaba muy satisfecha con mi trabajo, me encantaba la primera espada. Tenía un valor muy importante para mí y había puesto muchísimo esfuerzo y cariño en forjarla. Pero me hacía más feliz que la conservara él, y sabía que la cuidaría bien, mejor de lo que la cuidaría yo incluso.

—¡Quizá me den un par de monedas de plata por ella! —guardó la espada sonriendo. Al ver la mirada que le eché empezó a reirse a carcajadas y yo lo imité— ¡que es broma, mujer!

Luego, caminamos hacia la barbería que había en el centro de la ciudad. Me apetecía hacerme un cambio, antes de partir de nuevo a chocar espadas. Cuando acabé, ahí estaba Oshren practicando estocadas dobles al aire, y un enano de por allí le gruñó musitando: ¡Nos vas a cercenar a todos!

—Buenooo... yo... en realidad debería irme a terminar un recado del alguacil... —Oshren se rascó la cabeza y yo me mordí el labio pensativa. Era esa manera cortés y extraña, tan particular suya, de excusarse ante sus obligaciones. Aunque solía venir seguida de una invitación... —si quieres, podrías acompañarme y echarme una mano. —Oshren sonrió y yo estuve a punto de estallar en carcajadas. Asentí entusiasmada y, tras pasar un momento por las casas de intercambios y subastas para dejar algunas cosillas allí, salimos en marcha fuera de aquellos muros de piedra y nos echamos a los caminos del bosque.

Andamos durante más o menos una hora, habiendo encontrado el sitio estuvimos buscando más de dos. Nuestra misión era encontrar al cabecilla de una banda de criaturas que había por allí. Un campamento establecido de pequeños gnolls que saltaban y venían a atacarte en cuanto te veían por la retaguardia. Eran muy débiles, pero molestos. Oshren, que era un pícaro entrenado en el arte del engaño y la sutileza, no hacía a penas el menor ruido. De modo que sólo mataba a una de aquellas criaturas cuando se desesperaba de andar y buscar sin resultado. Pero yo iba tirándolo todo por el campamento... me tropecé seis veces y en una de ellas estuve a punto de estampar la cara contra el fuego. Además, la cota de malla iba tintineando a cada uno de mis pasos, de modo que siempre estaba rodeada de aquellos bichos.
De repente, vi a Oshren flaqueando a punto de caer derribado... no entendí el por qué. Me costó unos segundos antes de que mis ojos diferenciaran a aquel ser; era el que estábamos buscando, que tras más de dos horas registrándolo todo y dando vueltas, había aparecido cuando menos estábamos preparados.

Nos alejamos rápido de allí, sin quitarle los ojos de encima, y preparamos un plan de ataque. Oshren iría a por él y yo utilizaría las artes y poderes de los dioses para curarle las heridas, o no resistiría a la fuerza de aquel salvaje. Este trabajo era muy cansado, y sólo podría hacerlo un par de veces... de modo que habría que hacerlo bien. Y sobre todo, había que hacerlo rápido.

Bajamos por la ladera junto a donde discurría el río y yo me medio oculté tras un árbol mientras él se acercaba sigiloso por las espaldas de la criatura. Hogger, que así se llamaba el famoso gnoll, andaba imponente ante sus filas en el campamento, daba grandes zancadas y escrudriñaba a todos los lugares donde pudiera esconderse un enemigo... menos a sus espaldas. Oshren le acertó con un garrotazo, y Hogger soltó un alarido. Yo salí de detrás del árbol y empecé a conjurar la primera cura. Estaba aterrorizada... pero recé a los dioses y confié mi alma a aquella magia. Mientras, Oshren asestaba puñaladas, estocadas y maniobras a la criatura. Se movía con agilidad y sutileza, le clavaba una de sus cimitarras, y antes de que el gnoll pudiera asimilarlo, Oshren ya estaba en la retaguardia esperándolo con la otra.
Yo empezaba a sentir el agotamiento... pero podía continuar. Entonces un grupo de gnolls vino corriendo hacia mí desde el campamento, pero no les hice caso. Hacían que me resultara más difícil concentrarme... pero si perdía el tiempo con ellos, lo más seguro es que matasen a Oshren.
Me atacaban por todos los flancos, estaba aturdida y agotada... lancé el último suspiro que me quedaba y Oshren se llenó de vitalidad y fuerza en un instante. "Esperemos que le dure..." pensé, sin apartar los ojos de él. La visión se me hacía borrosa y los gnolls seguían atacándome, pero ya me daba igual. No sentía sus garras, no sentía sus golpes o empujones, ni siquiera el cosquilleo de la sangre resbalando por la piel. Sólo tenía ojos para lo que allí estaba ocurriendo, y mis piernas empezaron a fallarme...
Entonces, con una última puñalada, Oshren evisceró a Hogger y éste rugió por última vez...
Abrí los ojos de par en par, asombrada y aliviada a la vez. Todo había acabado deprisa, pero a mí me parecía que habían transcurrido años. Entonces empecé a apartarme a esos molestos gnolls a espadazos con la poca fuerza que me quedaba. La que había gastado... y la que ellos me habían arrebatado, sin darme cuenta. Algunos habían salido huyendo con la muerte de su líder, pero otros atacaban con más fuerza y furia todavía. Oshren vino corriendo y les asestó un par de golpes y acabaron muertos.

—Buff, pensé que no lo íbamos a conseguir. —suspiré y me tiré al suelo agotada, me senté y empecé a comer unos trozos de pan para recuperar fuerzas.

—Yo también me he visto muerto un par de veces... —Oshren soltó una carcajada y yo sonreí con alivio.

—Bueno, supongo que habrá una buena recompensa por esto, ¿no? —inquirí son una sonrisa agotada.

—Supongo... —no parecía muy convencido, pero se le veía satisfecho por la hazaña.

Cuando hubimos recuperado fuerzas, nos fuimos de allí y caminamos unos treinta minutos hasta un pequeño alto en el camino que separaba la ciudad de lo que había después...
Había una posada para que los viajeros descansaran antes de aventurarse, y también una vieja sala de armas para equiparse e instruirse bien. El alguacil Dughan hacía guardia de pie junto a la puerta de la armería. Al ver a Oshren sonrió y le saludó.
Los dos le contamos la hazaña y le entregamos la garra que habíamos cogido como prueba de la muerte de Hogger. Dughan sonrió muy satisfecho y nos dio una buena recompensa a ambos.

—No sabéis el peso que nos habéis quitado de encima... —dijo Dughan—. Los esbirros de Hogger no son gran cosa, y realmente no sugieren una amenaza ni para nosotros ni para el bosque. Sólo se dedican a cazar y son nómadas. Pero Hogger estaba causando muchos problemas... supongo que sin su líder ahora la banda se disputará y habrá movimiento en la linde del bosque... —dijo con cierta amargura y tristeza—, ahora querrán elegir otro líder. Pero acabar con Hogger nos ha dado mucha ventaja.

—Bueno... querrás decir la banda, o lo que queda de ella —dije. El alguacil Dughan hizo una mueca de desconcierto y Oshren se rió.

—Me temo que hemos tardado más tiempo del que nos gustaría en encontrar a ese cabrón, alguacil. Los gnolls están prácticamente extinguidos en aquella zona. Así que no creo que den problemas en bastante tiempo... —dijo Oshren, en parte temiendo que esto fuera algo malo, pero con un deje de seguridad en sus palabras.

—¡Pero eso es fantástico! —exclamó el alguacil— ¡No sabéis lo agradecido que os estamos! Por favor, coged lo que preciséis de la armería como recompensa por vuestro valor y por librarnos de tan pesada carga.


Horas más tarde, Oshren y yo estábamos junto al fuego del hogar en aquella posada del cruce. Yo traía un par de jarras más de hidromiel y brindaba con él. Embriagado como estaba, más por su victoria que por el alcohol, sonreía de oreja a oreja y soltaba risotadas y comentarios por todas partes.

—¿Qué vas vestida de lunaritos? —dijo Oshren con la cara tras una de las grandes jarras de hidromiel y los ojos entrecerrados, muy borracho—, ¡de lunaritos te voy a comprar unas bragas! —soltó una risotada y entrecerró los ojos sonriente e indiferente a todo lo demás.

Yo miré el jubón de anillas que llevaba puesto. Debajo, efectivamente, la tela que rozaba la piel bajo la cota de malla era de lunares magenta y yo me rallé bastante. Diciendo que no encontraba otra cosa más cómoda en aquella maldita ciudad, pero que no me gustaba ir como si fuese a una de esas ridículas fiestas de comarca. Como si la cosa no fuera conmigo, me senté de nuevo y choqué la jarra con Oshren. La mirada cada vez se nublaba más, y me invadía una sensación de seguridad y bienestar... ¿Qué había mejor que un par de buenas jarras de hidromiel, tras un trabajo bien hecho?
Me levanté y me fui a las habitaciones de arriba, aunque me quedé en el pasillo, no sé por qué. Son ese tipo de cosas que haces borracho y embriagado... y que en su momento tienen su sentido. Oshren subió con un par de odres de cerveza y seguimos bebiendo, entre risas, medio caídas desprevenidas y contándonos hazañas.
La noche estaba bien entrada y ya era tarde, pero fue el cuerpo el que dijo cuál era el momento de acostarse.

Cuando me tumbé en la cama, sentí cómo todos y cada uno de mis músculos descansaba sobre el mullido colchón y las cálidas sabanas. Al día siguiente me acordaría bien de todo aquello... entre agujetas, resacas y todo aquel agotamiento. Pero ahora, ¿qué más daba?
Cerré los ojos sonriendo satisfecha y pasé los dedos por encima del acero de mi espada.
La jornada me había hecho más fuerte. Y habíamos terminado el trabajo, bien hecho.


4 comentarios :

Anónimo dijo...

¡Oh Dios! ¡ME ENCANTA! ¿Lo has escrito tú? ¡Es genial! Ö

ChicaGuau dijo...

¡¿No hay más?! *-*
Un beso <3

Laura dijo...

A qué me suena esto.. =)

Anónimo dijo...

¡Pues me encanta! Espero que haya más cositas como ésta por aquí así de vez en cuando ^^