—¿Qué ocurre?
Las luces estaban encendidas, el hogar calentaba la habitación y había libros por todas partes. Todo estaba un poco extraño, no estaba desordenado sino... cambiado. Yo estaba sentada sobre uno de los mullidos almohadones de plumas, al oir su voz, cerré el libro que tenía en mis manos, no sin antes colocar una cinta de seda a modo de marcapáginas. Había estado evadida toda la tarde... todo el día. Entre aquellas historias, aquellos cuentos y relatos que me transportaban a otras vidas.
Me levanté, noté el cuerpo un poco entumecido... no me había dado cuenta del dolor de cervicales que llevaba martilleándome desde hacía horas. Entonces me paseé despacio por allí, él me miró... y permaneció callado.
—Me he dado cuenta de una cosa —dije pausadamente, aunque tenía demasiadas ideas en la cabeza como para poder expresar bien lo que pensaba—. De su valor...
—Habéis pasado todo el día cavilando sobre ello ¿eh? —él esbozó media sonrisa y se sentó en uno de los sillones sin apartar la vista.
—¿Sinceramente? Sí. Verás... soy una persona muy neurótica a veces, quizá busco demasiado la razón de las cosas. Explayo mucho esas explicaciones, y a veces me pierde el por qué de cada hecho, por minúsculo que sea. Y esto... bueno, no es algo minúsculo, es algo que me importa —me acerqué a los ventanales, donde se oía un murmullo que golpeaba la ventana como pequeños granitos de arroz salpicando los cristales. Entonces me di cuenta de que estaba granizando—. Quizá sea buena idea enviarle a él.
—¿Estáis totalmente segura? —su tono de voz cambió y sus ojos se abrieron sobremanera.
—¿No crees que es así como... debería ser? —contesté. No había estado pensando en cómo explicar todo aquello, tenía el por qué en mi cabeza y no había forma de sacarlo. Quizá ya no quedasen palabras... quizá se hubieran gastado a lo largo de todos estos años.
—Nunca ha mostrado signos de disposición hacia ello —replicó toscamente—, sólo testarudez, indiferencia... Quizá un atisbo de interés cuando todo se iba a...
—No tienes idea —interrumpí yo con un tono de voz seco y cortante—, ¿todos estos años a su servicio no te han servido para nada? ¿ni siquiera para conocerle un poco?
—Cuando invitas a tus hombres a comer a tu mesa, es para no pedirles que mueran por un desconocido. Eso no implica compartir tus inquietudes o sentimientos con la camarilla.
El granizo había parado de repiquetear en los cristales y ahora todo estaba en calma. Sólo se oía el murmullo de la leña ardiente en el hogar. Yo me acerqué tanto a él que podía contar todos y cada uno de los pelos de su espesa barba.
—Entonces... quizá seas tú el que no haya mostrado toda su disposición. —susurré no demasiado fríamente, no con la mirada cruel... sino decidida.
Por unos instantes que parecieron eternos, reinó un silencio afilado en toda la sala. El hombre parecía estar debatiendo sus posibilidades con su deber. Pero le sería fiel al fin y al cabo, se lo debía como hombre y también por su juramento.
—Le traeré. Pero vendrá por su propia voluntad. —dijo por fin.— Así que... ni yo mismo sé cuánto tendréis que esperar.
—Gracias, muchas gracias... Puedes retirarte —y con esto, le hice un gesto cortés y me volví de nuevo hacia la ventana cubierta de vaho, deshaciéndome por fin de ese asunto.— ...y a ver si su deseo sale a la luz tan fácilmente como todo ese valor. —concluí para mí misma.
Seguía lloviendo muy ligeramente, corrientes de aire frío azotaban las paredes y las hacían estremecerse. En algún lugar.... no demasiado cerca ni demasiado lejos, alguien se hacía las mismas preguntas.
Y yo... sin saberlo.
1 comentario :
Me gustan mucho tus historias :)
¡Un beso!
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