jueves, 27 de agosto de 2009

Ramesh y Chandra

Chandra, la hija de Ranjit Singh, rey de Madura, se paseaba una tarde por los jardines de su palacio; su rostro estaba lleno de melancolía, y, mientras recorría las alamedas bordeadas de rosas en compañía de su nodriza, la vieja Umi, se lamentaba:

—¡Qué trágico destino el mío! Muy pronto tendré que abandonar este lugar en el que nací...
—¿Dejar este lugar, mi querida niña? —se extrañó la nodriza—. ¿Y eso por qué?
La princesa se echó a llorar.
—El infame Yogendra, sobreano de Ghazipur, le ha pedido mi mano a mi padre. La boda se celebrará en la próxima luna llena...

Al oir estas palabras, Umi unió sus lágrimas a las de Chandra. Sus desgarradoras quejas se prolongaron hasta el amanecer.

—Oh Siva —suspiraba Chandra retorciéndose las manos—, ¡ten piedad de mí! ¡Mira qué destino tan funesto me aguarda, a mí, que aún no tengo dieciséis años! Mi futuro esposo es viejo, más feo que un demonio y tan feroz como uno de ellos. ¿No cuentan de él que, cuando fue molestado por el grito de un pavo real mientras dormía, hizo cortar el cuello al pajarero y a sus siete hijos? ¿Y no corre el rumor de que los ríos, en su reino, son rojos, de tanta sangre vertida en ellos por sus víctimas? Hace pasar hambre a su pueblo y lo oprime de mil maneras; el único gordo y saludable es su verdugo, pues le hace comer a su mesa, para tenerlo a mano siempre que quiera realizar una de sus bajas acciones. Oh, Siva, tú, cuya bondad ilumina la tierra, no dejes que ese tirano marchite mi juventud...

Así hablaba la desgraciada princesa mientas, poco a poco, iban palideciendo las estrellas.
—¡A mí, que no tengo más que un único deseo, uno solo, que es amar con todo mi corazón, a mí justamente tenían que entregarme ese viejo sanguinario! —continuaba diciendo—. ¿Por qué me condenan a servir durante toda mi vida a ese ser abyecto, cuando hay en el mundo tantos jóvenes dignos de ser amados? ¡Ay, pobre de mí! ¿Tendré que morir sin haber sentido jamás latir verdaderamente mi corazón?

Y, ante este pensamiento, sus lágrimas fluyeron con redoblada intensidad, manando de sus ojos como torrentes en la estación de las lluvias.
Y entonces Siva la escuchó. Y en ese mismo instante, bajo el impulso divino, un adolescente llamado Ramesh comenzó a escalar el muro del jardín. Acorralado después de un pequeño robo (ya que vivía de la rapiña), trataba de escapar por aquel camino de sus perseguidores.
Era de talle esbelto y rostro agraciado, y tenía la mirada más tierna que la de una cierva.
Apenas lo vio la princesa, se enamoró de él.

—Escóndete en ese arbusto de jazmín —le susurró—. Umi se encargará de despistar a tus enemigos.
Después, para asegurarse de que nadie viniera a sacarlo de su escondite, ella también se ocultó allí y, por precaución, lo cubrió con sus velos.
Mientras la nodriza enviaba a los perseguidores tras una pista falsa, la princesa y el vagabundo tuvieron oportunidad de conocerse mejor. Lo que se susurraron abrazados el uno contra el otro en la perfumada sombra, nadie lo supo jamás. Pero el hecho es que al término de aquella conversación se juraron eterna fidelidad.

No habían contado con Ranjit Singh.
Cuando su hija le comunicó que no aceptaría otro esposo que no fuera el que ella había elegido, montó en cólera.
—¡Que me traigan a ese aprovechado al instante! —tronó.
Cien hombres se emplearon a fondo en ejecutar la orden, de modo que el fugitivo no tardó en aparecer ante él, atado de pies y manos.
—¿Así que tú eres el bribón que ha osado seducir a mi hija? —bisbiseó el rey sin dirigirle tan siquiera una mirada—. Como castigo por tu audacia, serás decapitado.

De nada le sirvió a Chandra llorar, suplicar, amenazar y gemir; nada logró cambiar la decisión paterna.
Por fin, como último recurso, habló así:
—Perdónale la vida al elegido de mi corazón, querido padre, y yo me someteré a tu voluntad.
—¿Te casarás con Yogendra y serás suya para siempre?
—Sí, lo juro.

Este juramento salvó a Ramesh. Su pena fue conmutada por cadena perpetua. Y, por un refinamiento de crueldad del que solo los reyes parecen tener el secreto, su celda daba al lugar de la fiesta, de modo que asistió, sin perder ni un detalle, a los preparativos de la boda, lo que supuso para él un suplicio mayor que todos aquellos que de ordinario empleaba el verdugo, a quien, no obstante, no le faltaba habilidad en el arte de torturar a los demás.
Finalmente llegó el trágico momento del intercambio de anillos.
Mientras la joven princesa unía su destino al de aquel ser odiado por amor a otro hombre, su palidez era tan intensa que impresionó a todos los asistentes. Parecía a punto de desmayarse, y vacilaba de tal forma sobre sus piernas que en varias ocasiones tuvieron que sostenerla.
Aquella actitud, debido a la angustia y al sufrimiento que expresaba, conmovió a la multitud que se agolpaba en las inmediaciones del palacio. Pronto surgieron aquí y allá algunas protestas, que no tardaron en ser sofocadas por la guardia. Detuvieron a los agitadores y a todos cuantos habían esbozado el menor gesto de compasión. Una mujer que había sollozado un poco más fuerte de lo debido murió a causa de los golpes recibidos. Así fue como aquel día de fiesta, a pesar de los grandes fastos, terminó convirtiéndose en una jornada de luto.

Después de la ceremonia, las sirvientas condujeron a la joven desposada a la cámara nupcial para que recibiera en ella a su marido.
Para Ramesh, aquello fue el golpe de gracia. Cayendo de rodillas, le suplicó a Siva en estos términos:

—Oh tú, dios de misericordia y justicia, corta ya el hijo de mi existencia, porque no puedo sobrevivir a tanto dolor. Pero antes, concédeme que bese por última vez a mi dulce Chandra, antes de que sea mancillada por el abrazo de su esposo.
Conmovido por su tristeza, Siva lo convirtió en pájaro. Con un «pío-pío» de agradecimiento, Ramesh, pasando a través de los barrotes de su celda, voló hacia la alcoba donde su amada se preparaba para el sacrificio y se coló en ella por la ventana.

La princesa, vestida con finísimos velos, estaba postrada en su lecho. Cuando el pájaro vino a posarse sobre su hombro, lo echó.
—Vete —le dijo—. Tu canto hoy me resultaría odioso. Desearía que la tierra entera no emitiese más que un grito de horror.
Ramesh, decepcionado, le dirigió a Siva una nueva súplica que le valió, esta vez, ser convertido en una rosa púrpura. Una de las sirvientas, reparando en su belleza, quiso regalársela a su ama, pero esta la rechazó.
—Aleja esa flor de mis ojos —gimió—. Cualquier cosa bella y fragante es un insulto para mí, ya que mi corazón está tan seco como un desierto.

De nuevo, Ramesh imploró a Siva. Justo en ese momento, Umi le servía una copa a la princesa, a fin de que la ebriedad aplacase su tormento.
Al momento, el joven tomó la apariencia del vino.
¡Es fácil adivinar su emoción cuando Chandra se lo llevó a los labios! Pero antes de llegar a intercambiar aquel último beso, ella se arrepintió.
—Llévate esto, Umi, no lo quiero. A partir de ahora no volveré a comer ni a beber; de ese modo, la muerte no tardará en liberarme.
La nodriza, suspirando, arrojó el contenido de la copa por la ventana. A penas tocó el suelo, por el poder de Siva, Ramesh se metamorfoseó en tigre. Este, sin esperar, saltó sobre la princesa, plantando amorosamente sus colmillos en su blanco cuello.

Cuando Yogendra, alertado por los aullidos de las sirvientas, acudió con un arma en la mano, su esposa ya había exhalado el último suspiro. Descansaba sobre su ensangrentado lecho con el rostro transfigurado de felicidad. Un tigre, inclinado sobre ella, lamía sus heridas.
La fiera no hizo nada por escapar a la venganza del viudo. Al contrario: ofreció su flanco a la hoja del puñal. Y cuando esta le atravesó, le dio las gracias a Siva por haberle unido por fin, en la muerte, a la mujer a la que amaba.



Así, aquella sangrienta luna llena fue para ellos una luna de miel...

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