sábado, 14 de febrero de 2015

Esperanza

Resulta curioso cómo a medida que pasa el tiempo, y la espera ha pasado a formar parte de uno mismo, como una obsesión, una necesidad, un reclamo del mundo, incluso un sentido para los días, el motivo por el que se cree en algo va devaluando en la misma negatividad que se profesa hacia uno mismo. Ya no te sientes seguro, ya no te sientes a salvo de nada. Ya no podrías confiar, ya no existe un buen final para todo lo que ha ocurrido.

Y lo más intrigante es tal vez que aún así sigamos esperando. Porque nada puede quedar sin final, aunque sea un final malo. Nada puede quedar en incertidumbre, porque eso simplemente nos vuelve locos. Pienso en los padres de todos esos niños y niñas desaparecidas, en la no respuesta, en el silencio de aquellos que tanto rezan, en la esfera divina hacia la que son engullidas todas nuestras súplicas, vanas y desesperadas que obtienen un No en forma de pregunta. Creo que eso duele más. Duele más el silencio que las palabras, y duele más la ausencia que el golpe. Es un vacío, es hueco, es un soplo de aire en el corazón que no para de moverse en cada latido, encogiéndonos el pecho y haciéndonos pensar en el infarto en cada inhalación de oxígeno.
Entonces sí, piensas en la muerte, y te recreas. Te recreas en los detalles, porque los necesitas. Te preguntas si aún muerto no obtendrías respuesta. Piensas en todas las cosas que harías muerto y no en las que podrías hacer ahora. Supongo que este mundo es demasiado pequeño.

El tiempo nos acorta las ganas, y el sentido se vuelve tan difuso, tan lejano, tan maldito. Parece como un falso amigo, del que no podemos renegar del todo ni tampoco dejar de reclamar su auxilio. Necesitamos la atención del mundo, que las estrellas contesten, que el Sol reviente las dudas, la tempestad y el frío que nos ahoga. Estamos hasta el cuello en esto, y sabemos que lo estaremos. Que ya nada puede solventarse, que llega tarde, siempre llega tarde. Intentar creer otra cosa es peor que estar perdido, en la solitaria frustración de vernos metidos en el cajón ajeno del olvido.

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