viernes, 11 de abril de 2014

Invierno de lluvias para siempre

Se marchó y las estaciones se siguieron sucediendo.
Dejé de ver su mirada, sobre mi mirada,
y me olvidé del brillo que había en ella.
Se secaron las flores de los cerezos que custodiaban nuestra laguna,
se pusieron mustios y luego renacieron,
pero sin acordarse de nosotros y sin un testigo que admitiera que nuestra existencia fue cierta.

Cómo ser, en el sinsentido que empezamos una vez, muertos los cerezos,
sin tan siquiera un epitafio digno en el cieno, o una miserable piedra.
Miserables rastros que señalen
dónde yazgo
o si existieron alguna vez tus pasos en mi acera.
Cómo ser, si tus huellas de mis labios se han borrado, como tú te has borrado
a ti mismo
de la Tierra.

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